viernes, 11 de julio de 2008

Recuerdos de Berna



Amiga,

Te debo una puesta al día porque hace tiempo que no escribo. La verdad es que he estado medio desajustada con las mudanzas. Te había comenzado a escribir el último día que pasamos en Besançon, pero dejé el texto a la mitad porque no me sentía con ánimo. Antes de contarte cómo nos ha ido en París, te cuento que estuvimos en Berna, en casa de un amigo de Lyo, Raphi. Allá vimos la final de la Eurocopa. Fue emocionante ver ganar a España, y casi ficticio el modo como lo vimos. En la ciudad habían colocado inmensas pantallas en dos o tres plazas públicas para que la gente pudiera ver los juegos. Nos fuimos a uno de esos lugares y vimos en medio del gentío la primera parte del juego. Al final del primer tiempo cayó un inmenso palo de agua y tuvimos que salir corriendo. Terminamos refugiados en el lobby de un hotel. Un poco en broma un poco en serio algunos plantearon la idea de alquilar la habitación más barata para ver el segundo tiempo del partido en un lugar seco. Total que terminamos viendo ganar a España con siete suizos en una mínima habitación de hotel, todos amuñunados entre la cama y el piso. Fue divertido y algo confuso, porque no entendíamos ni una palabra de lo que decían y ellos sólo entendían que íbamos por España. Al final nos alegramos todos juntos y salimos a ver las celebraciones en la calle. Los suizos iban por España sólo por incordiar a los alemanes, que son algo así como sus enemigos ancestrales.

Fue una visita rápida y nos dio apenas tiempo de ver un poco la ciudad, pero lo más importante es que nos bañamos un par de veces en el río Aare -o Aar en alemán- que ves en la foto (no es mía, la bajé de Wikipedia). Bañarme en el río era algo que quería hacer desde la primera vez que estuve en Berna en el 2004. No lo hice porque no tenía traje de baño, pero esta vez me apertreché a tiempo. Aquella vez, Lyo salió completamente alucinado del río y yo no podía entender muy bien por qué, hasta que lo viví.

El Aare, que cruza Berna, nace en los Alpes y como el agua viene de los glaciares es transparente y limpio, como ningún otro río de ciudad que haya visto. Es azul aguamarina, casi verde, las aguas son heladas, pero en el día se calientan lo suficiente como para que no te mueras de hipotermia si sólo te dejas llevar por la corriente por un rato. Puedes lanzarte al río desde muchos lugares, todos en pleno centro de la ciudad. El procedimiento es así: te desvistes en medio del paseo que rodea el río (todo el mundo hace lo mismo así que no hay problema), dejas tus cosas ahí, en un morral, en una bolsa, o simplemente doblas la ropa y la colocas encima de los zapatos, eliges un sitio para lanzarse al agua y una vez adentro y pasado el primer impacto del frío, te dejas llevar por la corriente, río abajo, hasta que el frío te acalambra todos y cada uno de los músculos y los huesos del cuerpo... entonces buscas dónde salirte. Hay escaleras y agarraderos en distintos lugares y cuando los ves a la distancia te acercas nadando a la orilla, te agarras como puedes de las barandas y después de luchar contra la corriente sales del agua helada con una sensación increíble de euforia y mareo.

Es de verdad una experiencia única. Mientras navegas por la corriente ves la ciudad alrededor de ti, una ciudad antigua, hermosa, colorida, de techos rojos y paredes grises, con muchos árboles. Si te sumerges en el agua helada escuchas el sonido de las piedras que el río va arrastrando. Es un sonido casi animal, como cantos de pájaros lejanos. Cuando logras ajustarte a la temperatura del agua, cosa que te lleva unos tres minutos, te sientes tan bien que quisieras poder quedarte ahí para siempre, en aquella agua transparente, escuchando el sonido de las piedras debajo de ti... Pero el cuerpo te recuerda que el ajuste al frío es sólo temporal y que no puedes nadar mucho rato sin cansarte. A fin de cuentas, aunque el río haga casi todo el trabajo, tienes que mantenerte a flote... así que hay que salir, aunque sea para volver a intentarlo. Pero el espectáculo que se ve afuera es casi tan interesante como el que ves dentro del agua.

En el agua ves pasar a la gente que nada cerca de ti, todos van alegres, se ríen, gritan, se pasan instrucciones. A pesar del potencial peligro que implica lanzarse a un río helado con una corriente considerable, nadie parece asustado ni preocupado. Vimos niños y niñas con salvavidas o sin ellos, señoras con su peinado de peluquería impecable nadando sin inmutarse, viejitos con sombrero y anteojos, jóvenes con zapatos de plástico o con las cholas amarradas a un flotador, familias enteras que preferían ir en botes inflables en vez de echarse al agua, de todo.

Afuera, en el paseo que bordea el río y que llega al centro mismo de la ciudad vieja, se ven filas de gente en trajes de baño. Unas suben a contra corriente, buscando un lugar suficientemente alejado desde donde lanzarse al agua, otros bajan en el sentido en que lo hace el río, tal vez para buscar su ropa o encontrarse con los que se quedaron en otro lado. Hay gente de todas las edades, formas y colores. Ves todos los atuendos que se te pueden ocurrir e incluso chicas topless sin complejos. Aunque puede haber uno que otro turista, la mayoría parecen locales. Si no hubiéramos ido con alguien del lugar creo que nos hubiera costado mucho más atrevernos a hacer lo que todo el mundo estaba haciendo. Pero al final lo hubiéramos hecho, al menos Lyo no hubiera podido aguantar la tentación de lanzarse a probar suerte en el agua.

Nos bañamos dos veces. El primer día eran casi las seis de la tarde y sólo nos lanzamos una vez. El segundo día fuimos nosotros solos, como a las cuatro, y nos lanzamos desde más arriba, dos veces. Al final estábamos eufóricos, pero sabíamos que el cuerpo no nos hubiera perdonado si nos lanzábamos otra vez. Berna es preciosa y tengo varias fotos que lo prueban, pero nada que te pueda contar de la ciudad se compara con haber podido nadar en el Aare.