martes, 30 de diciembre de 2014

Del arte obsoleto de regalar


Amiga,
Sigo empeñada en hacer cosas que nadie hace ya. Tal vez esa sea la mejor manera de darse cuenta de que uno se está poniendo viejo, ¿no? –insistir en hacer cosas que ya nadie hace. Este año volví a mandarle regalitos por correo a mis hermanas. Más que todo porque a estas alturas son los únicos regalos que compro y también porque elegir regalos es un ritual de fin de año que me recuerda mejores tiempos.

Los regalos se elegían andando por la calle y mirando muchas cosas hasta que algo te hacía ¡plin! Así lo seguí haciendo yo este año en la feria navideña de Princess Street en la que todo el mundo parecía estar también comprando regalos, contradiciendo los tiempos modernos. Después busqué una caja donde meterlos y salí corriendo a llevarla al correo con la esperanza de estar a tiempo para que llegara, si no en Navidad, al menos antes de que se acabara el año.

Cuando el señor del correo, con su fuerte acento y su ceño siempre fruncido, me dijo que era imposible que el paquete llegara para el 24, y me cobró por el envío casi lo mismo que costaron los regalos, me di cuenta de que en realidad ya no tiene sentido seguir empeñada en mandar regalos desde lejos. La lógica indica que hay que adaptarse a los tiempos.

Hoy en día, la gente elige lo que quiere y lo pone en una lista en una página web y listo. Lo que se debe hacer es elegir, sin muchas pretensiones de originalidad, entre las cosas que el interesado ha propuesto y mandarlo lo más pronto posible para que se sume a los regalos que se acumulan al pie del arbolito. Ya no se espera nada más del que regala. Sólo que cumpla con el ritual a tiepo y sin interferir demasiado.

Yo también hago listas de lo que quiero que me regalen. Interminables listas de libros. Pero a los pocos que se animan a regalarme algo en estas fechas no parece gustarles lo que a mí me gusta. Entonces me mandan aparatos de cocina que pican vegetales o baten huevos. Y yo lo agradezco, por supuesto. Porque entiendo que sigue existiendo gente que, en este mundo regido por listas de regalos, quiere seguir ejerciendo la soberanía de la elección.

¿Qué será mejor? ¿Seguir pensando que tenemos derecho a elegir lo que regalamos? ¿O terminarnos de convencer de que el que recibe el regalo es el que debe escogerlo? Visto de un lado, la respuesta es simple. El que recibe es el que va a usar el objeto regalado. Ergo le toca elegirlo. Nuestro papel como bailarines de la danza de los regalos no es otro que acompañar, no llevar el paso.

Y, sin embargo, visto del otro lado, si nos empeñamos en seguir imaginando que elegir regalos es más bien una diversión ejercida por el que otorga, como aprendimos en tiempos idos, la respuesta es menos directa. Comprar se supone que es una de las actividades que nos llenan los días ociosos de fin de año. Y el consumidor es quien elige. O así debería ser. Pero hay una violencia implícita en esa imposición del gusto del que compra. Una violencia que dice: yo pago; tú te la calas.

Por eso existen tantas maneras de devolver los regalos. Al menos en este lado del mundo en el que el usuario tiene tantos derechos como el comprador original. Una de las cosas que aprendí la única vez que celebré aquí mi cumpleaños de manera pública es que resulta totalmente aceptable que no te guste lo que te regalan. Y por eso es de lo más normal que junto con el regalo te den la factura de la tienda. Así se te hace más fácil devolver lo que te dieron y cambiarlo por algo menos extraño a tu gusto.

Existe incluso un servicio online de oferta de regalos no deseados, donde la gente puede vender o intercambiar lo que no le gusta. El sitio permite –e incluso propicia– el anonimato, no vaya a ser que justo la persona que te regaló esa cosa horrible que no te gustó nada ande por ahí buscando qué comprar y se antoje de tu regalo.

Yo solía comprar de regalo cosas que a mí misma me hubiera gustado tener. Si en esos tiempos hubiera existido ese sitio de intercambio de cosas previamente queridas, como dice la página, y si yo hubiera estado de ánimo de visitar un sitio como ese en los ratos de ocio entre el 24 y el 31, no hubiera sido extraño que me encontrara con algún regalo que yo misma le hubiera dado antes a alguien.

Las cosas que nos gustan no son para nada las cosas que los demás quisieran tener en sus casas o en sus vidas. Por eso el arte de regalar está muriendo. No falta nada para que todos los regalos se resuelvan con una de esas tarjetas que no son más que un eufemismo del dinero en efectivo. Te regalo dinero para que lo gastes en lo que quieras, como hacían nuestros padrinos cuando éramos niños. Y esos son tal vez los regalos que mejor recordamos: los limpios billetes neutros, llenos de infinitas posibilidades, que se sacaban los adultos del bolsillo con un gesto magnánimo.

Pero qué gracia tiene transferir la elección. Todos somos consumidores todo el tiempo. Compramos cosas que vamos a usar, que necesitamos o queremos. Sólo por un rato a fin de año podíamos darnos el lujo de imaginar qué comprar para otros, de elegir algo que pudiera gustarle a alguien que queremos y que nos quiere. Además, los regalos nos decían algo de quienes se animaban a elegir para nosotros un regalo.

Ahora los regalos sólo nos dicen aquí está lo que quieres o sigue comprando lo que más te gusta. Ya no recibimos sorpresas y no nos queda ni siquiera la opción de desilusionarnos o de darnos cuenta de lo poco que nos conocen los demás. ¡Qué inmensa pérdida!

Espero que hayas recibido muchos regalos inesperados este año. Y que incluso algunos no te hayan gustado para nada. Cuando descubras uno de esos regalos atravesados en una gaveta, a mediados del año que viene, acuérdate de que son una especie en extinción... ¡y atesóralos!

Felices fiestas y cariños muchos,
r


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