lunes, 19 de mayo de 2014

Del exilio febril



Amiga,

Estoy ya de regreso de Bogotá. No te cuento sobre la ciudad porque ya la conoces. Sólo quería compartir contigo mi impresión de haber estado en un lugar tan parecido a todo lo nuestro. La ciudad me resultó una mezcla extraña entre Mérida y Caracas. Nos quedamos en el centro, en La Candelaria, y cada mañana me parecía que estaba saliendo a caminar por Mérida. Pero unas cuadras más allá me sentía en la Avenida Urdaneta, y un poco más arriba me parecía estar en Baruta. Todo mezclado con ese acento bogotano que es tan pegajoso.

Comimos rico, nos reunimos con gente querida, paseamos, sufrimos el tráfico y disfrutamos el clima generoso y las largas caminatas. Tuve el gusto de conversar con colegas y estudiantes de la Javeriana sobre la literatura del exilio y sobre Rómulo Gallegos. Me quedé con ganas de ver más, de entender mejor, de conversar con más gente. Sobre todo, me quedé con ganas de dar el salto a la tierruca para ver cómo va todo por allá. Y se me quedó atravesado en el medio del pecho un sentimiento de culpa por no haberlo hecho.

¡Otra vez será!

Aquí en mi pueblito escocés está haciendo un clima bogotano: llueve sin frío, o más bien con un fresquito andino que me permite dejar todas las ventanas abiertas para que pase el ruido y el olor de la lluvia. En este clima leo las Cincuenta lecciones de exilio y desexilio de Gustavo Pérez Firmat y siento como si toda mi experiencia de desterrada estuviera ya escrita en esas lecciones. Te copio aquí la tercera lección:

A los cincuenta años el destierro se convierte en destiempo. Por eso no creo en el regreso, porque se ha transformado en una intransitable regresión.
Me rodeo de libros escritos por autores cubanos, me dedico a leer sólo en español (lo cual quiere decir, además, leer solo en español), y al cabo de unos días o semanas me entra la asfixia. Para respirar hondo, tengo que forzar un suspiro o un bostezo, como si mis pulmones funcionasen a plenitud sólo en la melancolía o el sueño. Entonces extraño el inglés como el ahogado añora el oxígeno.
Esa incapacidad de plantarme en el idioma español es síntoma de destiempo. El inglés me entrega una palabra afín –distemper– en la cual descubro su correlato afectivo; distemper es mal humor, pero más generalmente designa un estado de desorden corporal o mental, alguna imprecisa dolencia como la de no saber ubicarse en un idioma. La traducción al español, «destemplanza», marca la frontera entre el bienestar y el malestar, entre el frescor y la fiebre, y por ello también dibuja la sintomatología del destiempo. Bajo «destemplanza» el diccionario trae, entre otras acepciones, «desigualdad de tiempos», frase que termina siendo la mejor definición de las consecuencias de un exilio crónico y febril. Mientras haya desigualdad de tiempos, no habrá regreso. Habrá destiempo, distemper.

Hasta aquí la tercera lección de Pérez Firmat. Lo sigo leyendo mientras oigo llover afuera. Escucho Venezuela en sus textos cada vez que leo Cuba y todo me resulta tan familiar, tan tristemente exacto.

Te mando un abrazo destemplado y a destiempo,
r



jueves, 24 de abril de 2014

Subir montañas



Amiga,

Me da una pena horrible hablar de otra cosa que no sea el drama de la tierruca en este momento en el que ya no se sabe muy bien en qué acabará todo por allá. Pero la vida sigue, qué le vamos a hacer. No puede uno quedarse en vilo para siempre. Hay que pasar páginas, mirar a los lados, leer, escribir, seguir viviendo.

El sábado pasado hizo un tiempo hermoso y nos fuimos a las tierras altas a ver si yo era capaz de subir mi primer munro. Los munros son montañas de más de novecientos y tantos metros que los caminantes coleccionan, subiéndolos uno a uno o en largas jornadas en las que se hacen varias cumbres, hasta completar los doscientos ochenta y dos que están registrados hasta ahora. Lyo los ha estado coleccionando desde hace ya tiempo y hace un par de semanas se me ocurrió decirle que tal vez un día, cuando subiera uno facilito y cerca de casa, yo lo iba a acompañar para ver si llegaba arriba.

Lyo se toma todo al pie de la letra, como buen matemático, y en lo que vio que iba a hacer buen tiempo el fin de semana me dijo que ya sabía cuál era el munro perfecto para mí y que nos fuéramos a subirlo sin demasiadas preparaciones ni aspavientos. Él había hecho cinco munros la semana pasada, cuatro de ellos de un solo golpe. Entre esos estaba el mío: Carn Gorm, que significa montaña azul.

Preparamos agua y comida y salimos de casa a las nueve de la mañana, bastante tarde para los entándares del montañista de la casa que sale a primera hora cada vez que se va a coleccionar munros. Llegamos al pie de la montaña a las once y media. Estacionamos el carro en la entrada de una granja, un poco fuera de la zona permitida, porque había ya unos cuantos montañistas en camino que habían ocupado los puestos oficiales del mínimo estacionamiento. Nos comimos unas frutas antes de arrancar, tomamos agua, ajustamos los bastones y nos lanzamos a la montaña.

Para llegar al pie del Carn Gorm hay que entrar por una granja a la orilla de la carretera y después de pasar dos cercas altas hay que caminar por un sendero pedregoso que parece el lecho seco de un río. El sendero se adentra por un bosque de pinos y luego sube pelado por las primeras laderas. El clima era perfecto, con un viento apenas frío y sol radiante. Así que la primera hora apenas la sentí, aunque cada vez que arreciaba la subida tenía que pararme a agarrar aire. Lyo iba fresco, como quien sale a pasear un rato por el parque.

El camino pedregoso va bordeando una quebrada con saltos de agua y hondos pozos, que se llama Invervar Burn, en la que Lyo se había bañado el miércoles anterior. El ascenso verdadero comienza cuando se cruza esa quebrada a través de un puente bastante precario, que se tambalea de arriba a abajo, y que hay que pasar de uno en uno para que no se caiga. Más allá del puente se puede ver un tupido bosque de pinos bordeado por una cerca. Cuando la sombra de los pinos se acaba aparece la montaña entera, con sus tres jorobas y sus parches de nieve. Y más allá las otras tres montañas que forman una herradura que mira al Glen Lyon: Meall Garbh, Carn Mairg y Creag Mhor. Todos nombres que parecen salidos de las sagas arturianas. (Si quieres escuchar cómo se pronuncian esos sonidos imposibles, entra aquí)

Durante largo rato se camina sobre un terreno esponjoso que aquí llaman bog y que es como un musgo gigante empapado del agua de la nieve que se ha estado derritiendo por semanas. Sobre ese musgo empantanado es una bendición tener zapatos a prueba de agua, aunque envidié largo y tendido las botas de montaña que estaba usando Lyo y que tenían una enorme ventaja sobre mis pobres zapatos de caminar por lo llano. Sobre el bog no hay camino y hay que ir tanteando con el bastón para decidir dónde hay menos agua. Hay que pisar sobre los mogotes más altos y tratar de no meter el pie en ningún pozo invisible en el que uno pueda terminar hundido hasta la rodilla.

Cuando llegamos a la primera subida realmente empinada seguimos el sendero que han usado miles de caminantes desde hace más de un siglo, como si subiéramos por una larga escalera de piedra. Me paré varias veces a descansar y a mirar el inmenso panorama de montañas que se abría por los cuatro costados del mundo. Me sentía como un personaje de El señor de los anillos, aunque con un ánimo mucho menos heroico. A cada paso que daba sólo pensaba en dos cosas: que tenía que administrar las fuerzas si quería llegar a la cumbre sin desmayarme; y que todo lo que estaba subiendo lo iba a tener que bajar otra vez.

Después de la primera subida viene una especie de breve meseta casi plana y luego una subida tan empinada como la anterior pero más corta. Luego hay otro plano y después viene el tramo final que es ya el que sube a la cumbre. En estos dos últimos tramos había largos parches de nieve. Subimos por uno y evadimos el otro. Caminar sobre nieve es bastante cansón en lo plano, así que te puedes imaginar lo difícil que es en subida. Lyo me iba animando, contándome la altura a la que íbamos y describiendo el camino que teníamos todavía por delante. En el tramo final ya no había agua ni nieve, sólo un sendero de piedras en zig zag y un viento helado que arreciaba a medida que subíamos.

Llegamos a la cumbre, que está a 1029 metros de altura, tres horas y media después de haber comenzado a subir. Gritamos de alegría, saltamos y bailamos. Miramos largo y lejos el espectáculo generoso de las highlands en pleno sol y a cielo despejado. Lyo me fue señalando los nombres de las montañas más altas de la cual sólo recuerdo el Ben Nevis, porque es la más alta de toda la Gran Bretaña.

Seguimos el ritual de los montañistas: dar gracias por haber hecho cumbre y poner una piedra en el punto más alto para sumarla a las otras muchas piedras que han puesto ahí otros caminantes. Yo agregué mi rito particular: recoger una piedra del pico y traérmela de recuerdo. Tomamos fotos y filmamos videos. Pero, como hay dos picos marcados porque parece que los caminantes no se han puesto de acuerdo de cuál es exactamente el punto más alto, caminamos hasta el otro cerro de piedras que está unos metros más allá y repetimos todo de nuevo. Después de ofrecer nuestros respetos a la montaña, comenzamos el descenso.

Llegamos a un punto en el que el viento pegaba con menos fuerza y ahí nos sentamos a comer algo, tomarnos un tecito con leche, orinar y recuperar el aliento. Como era de esperar, el regreso se hizo mucho más fácil. No sólo porque la euforia de haber llegado a lo más alto se te queda como pegada en el ánimo, sino también porque uno va a una mejor velocidad y porque los músculos que usas para bajar no son los mismos adoloridos músculos que estabas usando para subir y que ya no te daban para más.

Avanzamos bien durante la primera hora. Yo iba tratando siempre de pisar con cuidado para no tropezarme y torcerme un tobillo. Bajamos sobre un tramo largo de nieve. Yo iba siguiendo las huellas que dejaba Lyo, clavando los talones primero como él me había enseñado, pero al mismo tiempo intentando que no me entrara la nieve en los zapatos. En ese momento volví a envidiar las botas montañeras y me prometí comprarme unas, como premio por mi hazaña del día, si es que llegaba abajo sana y salva. Cuando el bosque de pinos se veía ya cerca sentí el primer cansancio de la bajada. Las piernas me temblaban si me paraba más de tres segundos. Pero había que pararse al menos a tomar agua.

Me pareció increíble volver a cruzar el puente sobre la quebrada y comenté que éramos otros ya los que estábamos de regreso. Lo dije en serio. Nada te hace sentir tan diferente como una larga caminata en la que te pruebas a ti misma que puedes llegar a una meta. Sobre todo cuando la meta es el pico de una montaña de más de mil metros de altura.

La última hora se me hizo larga. Eterna. Las rodillas me dolían y empecé a sentir punzadas en músculos que parecía que no había usado nunca. Mientras más bajábamos más se me alborotaba el hambre. Eran ya pasadas las cuatro y media de la tarde cuando llegamos a lo plano. Lyo me mostró el pozo donde se había bañado la vez anterior, pero el sol ya estaba bajito y además de hambre empezaba a hacer frío, así que dejamos el chapuzón para una próxima vez, tal vez este verano.

Al llegar a la carretera ya no podíamos pensar en otra cosa que en el almuerzo. Lyo había visto en el camino un restaurant que le había parecido que tenía buena pinta. Para allá nos fuimos. Pasamos de largo de ida y tuvimos que regresarnos en el pueblito más cercano que se llama Aberfeldy. Pero valió la pena. Tal vez fue el hambre o la euforia de haber subido mi primer munro, el caso es que fue uno de los almuerzos más ricos que he comido en años: un enorme sirloin steak con papas fritas!

No tengo ambiciones ni esperanzas de subir todos los munros que hay. Pero, uno a la vez, tal vez llegue a una cifra decente. Mi primera meta es hacer los diez más fáciles. Tal vez lo logre antes de cumplir los sesenta.

Ya te iré contando.

Te mando un abrazo azul como una montaña,
r

lunes, 14 de abril de 2014

No más muertos



Amiga,

Creo que en este momento la única consigna con la que estoy de acuerdo es la que usa José Ángel en todos sus mensajes: NI UN MUERTO MÁS. Las consignas son siempre reductoras y reducir una lucha compleja a una escueta consigna deja la inevitable sensación de que estamos simplificando, olvidando los matices, los peros, los sin embargos. Pero en la política las consignas parecen inevitables, porque además de reducir también condensan, muestran en blanco y negro los objetivos que se quieren alcanzar. Y eso es algo que siempre hay que tener claro cuando uno se lanza a pelear en cualquier campo de batalla.

A más de dos meses del inicio de las protestas me parece claro que a través de una consigna tan vaga como “la salida” se propuso un objetivo inalcanzable. Y los objetivos inalcanzables pueden sonar muy bien en los libros de historia, como esa nefasta consigna de “revolución o muerte” que enarboló el chavismo hasta que su propio líder eligió -ya tarde- una consigna menos negativa. Pero en el día a día esas consignas terminan produciendo desaliento y frustración, porque el fin de la lucha se aleja cada vez más en lugar de presentarse como un objetivo alcanzable.

Las consignas que la oposición ha manejado en estos dos meses me han producido una sensación de vacío. Porque prefiero pensar que la política es el arte de imaginar soluciones para los problemas de hoy. Es decir, que la política no sólo se encarga de manejar el presente, sino que también debe imaginar el futuro. Y con consignas que invocan el sacrificio sin fin como "quien se cansa pierde" -o cualquiera de sus variables- no es posible imaginar el futuro. La imagen que se evoca allí es la de una lucha perpetua y, tal como están las cosas, detrás de esa consigna lo único que queda es un reguero de muertos. Es por eso por lo que, a pesar de los gritos destemplados de los opositores furibundos, sigo pensando que no tenemos más salida que abrir las puertas al diálogo.

Formo parte de una familia que ha sido devastada por la violencia, como tantas familias venezolanas. Por eso, si hay que elegir, me inclino por ahorrarnos más dolor debido a la pérdida de seres queridos. En este momento en que más de dos meses de protestas han logrado el claro objetivo de desenmascarar la esencia totalitaria del régimen chavista, ha llegado la hora de hacer un alto y elegir un camino que nos permita avanzar y no quedarnos en el remolino de la violencia perpetua. Y en este punto en el que hay que elegir entre el pasado y el futuro, yo escojo la vida. Escojo no darle a los políticos carta blanca para que sacrifiquen a cuantos jóvenes sea necesario sacrificar. Y eso vale tanto para el gobierno como para la oposición.

Yo no quiero más muertos. Ni debido a la violencia del hampa desatada por un régimen que prefiere que sus ciudadanos se maten entre sí antes de prevenir y controlar el delito; ni debido a la violencia represiva de la fuerza pública -policial, militar o paramilitar- que tiene órdenes de reprimir y aterrorizar a medio país, cueste lo que cueste; ni mucho menos gracias a consignas vacías sobre las que se están construyendo liderazgos oportunistas. Yo no quiero que ningún líder político alimente narrativas de martirio que conviertan a nuestros jóvenes en carne de cañón. Ni de un lado ni del otro.

No más muertos. Esa es la consigna que prefiero. Porque mi imagen del futuro de la tierruca no es un cementerio. Y no autorizo a nadie a imaginar el futuro de nuestro país sembrado de mártires. Porque sé muy bien que esos jóvenes que están hoy entregados a una lucha desigual, y que piensan sinceramente que su sacrificio no será en vano, van a ser traicionados tarde o temprano por una lógica política que pesará más que todas las consignas. La lógica pragmática de la supervivencia.

Más a allá de las consignas habrá un punto de quiebre. Más tarde o más temprano las partes van a sentarse a negociar en serio y no en esa farsa de show televisivo que vimos la semana pasada en cadena nacional. Y cuando salga un acuerdo de esas negociaciones, habrá sin falta ganadores y perdedores, aunque cada bando interpretará a su manera las ganancias. Pero los que hayan perdido a sus seres queridos no habrán ganado nada. Sólo una tristeza dura y terca que ningún acuerdo político logrará compensar.

¡No más muertos! ¡Ni un muerto más!

Un fuerte abrazo,
r


martes, 25 de marzo de 2014

Breves lecciones de Carson



Amiga,

A falta de cabeza para escribir y de estado de ánimo para hacer algo medianamente productivo, he estado leyendo poesía en estos días. Sabes que no soy buena lectora de poesía. Pero, a veces, encuentro una voz que me atrapa y me dejo llevar, tratando de entender. Mi descubrimiento de estas últimas semanas ha sido la canadiense Anne Carson. Estoy leyendo dos de sus libros: Plainwater y Short Talks.
Aguaquieta y Lecciones breves podrían ser tal vez modos de traducir estos títulos.

En Aguaquieta hay una sección que se llama Antropología del agua que me gusta mucho. Empieza así:

El agua es algo que no puedes retener. Como los hombres. Lo he intentado. Padre, hermano, amante, amigos verdaderos, fantasmas hambrientos, Dios, uno por uno se me fueron entre los dedos. Tal vez es así como tiene que ser. Es lo que los antropólogos llaman “peligro normal” cuando hablan del encuentro con una cultura diferente. Fue un antropólogo el que por primera vez me dio una lección sobre el peligro. Hizo énfasis en la importancia de usar la palabra encuentro en vez de (por ejemplo) descubrimiento cuando se habla de estos temas. “Piénsalo como si imaginaras la diferencia entre creer en lo que quieres creer y creer en lo que puedes probar”, me dijo. Lo pensé. “No quiero creer nada”, le dije. (Pero estaba mintiendo). “Y no tengo nada que probar”. (Otra mentira). “Sólo quiero viajar por el mundo y detenerme a mirar lo que está bajo el cielo”. (Esto si es verdad). En este punto, con un dejo de crueldad, mencionó una cultura que él había estudiado en la que a través del agua era posible distinguir entre las verdaderas y las falsas vírgenes. Una virgen intacta puede desarrollar la habilidad de sumergirse en aguas muy profundas, pero una mujer que ha conocido el amor se ahogará si lo intenta. “No estoy interesada en lo verdadero y lo falso”, le dije (una última mentira). Nos quedamos callados.

Así comienza Antropología del agua, que tiene, por cierto un epígrafe de Kafka: “Soy una criatura mentirosa”.

Pero lo que de verdad quería traducirte es un fragmento del otro libro de Anne Carson, Lecciones breves. Es el primer texto, que se llama “Breve lección sobre el Homo Sapiens”:

Con pequeños cortes el hombre de Cromagnon registraba las fases de la luna en el puño de sus herramientas, pensando en ella mientras trabajaba. Animales. Horizontes. Una cara en la palangana de agua. En cada historia que cuento llega un punto en el que no puedo ver más allá. Me aterra ese punto. Es por eso que a los que cuentan historias les dicen que están ciegos. Es un insulto.

Hasta aquí mi traducción –a veces infiel– de un par de textos de Anne Carson. Espero que estos poemas te ayuden a mirar más allá del humo de las barricadas. Más allá de lo falso y lo verdadero, hay horizonte, amiga, aunque esté lejos. Aunque desde aquí no podamos imaginarlo y estemos en ese punto ciego en el que la historia no se nos ha revelado todavía.

Te mando un abrazo líquido,

r

lunes, 17 de marzo de 2014

De escombros y tronos



Amiga,

Desde hace ya más de un mes, cuando abro los ojos en la mañana lo primero que hago es bajar un periódico de la tierruca para ver los titulares. Desayuno escuchando el noticiero en la radio de allá. Cuando me siento en mi escritorio con la idea de trabajar, lo que en realidad hago es entrar a las redes sociales a ver qué noticias están circulando. Me digo a mí misma que sólo voy a leer los comentarios y las noticias por un rato, pero termino enganchada en las distintas polémicas y saltando de un texto a otro y, de pronto, sin darme cuenta, se me ha hecho mediodía y no he avanzado una línea en la traducción que tengo pendiente. Menos que menos he podido escribir más de un par de páginas de una novela que sucede en Venezuela y que tal vez ya no sea capaz de terminar.

Porque ¿cómo voy a escribir de manera convincente sobre un país que he dejado de comprender? Esa pregunta me ha estado dando vueltas durante todo este mes de parálisis y expectativas crecientes. Pero se disparó a extremos angustiantes cuando leí un texto de Rodrigo Blanco Calderón donde contaba algunas de las conversaciones que ha tenido con los jóvenes guarimberos de Altamira. En ese texto se me hizo evidente la distancia que me separa de mi país. No se trata sólo de una distancia física, del océano inmenso, de latitudes y longitudes. Se trata más que todo de un abismo de percepción. Los jóvenes que hoy protestan en Venezuela viven en un universo que me resulta francamente ajeno.

Esos jóvenes crecieron viendo a su alrededor un modo de hacer política que no responde a la dinámica democrática en ninguna de sus formas. Para ellos el debate de ideas no existe. No existen los partidos políticos ni los planes a mediano o a largo plazo. Las instituciones que deberían garantizar los derechos ciudadanos no forman parte de su realidad. Lo que cuenta es lo que ven –o no ven– en los medios y lo que ellos son capaces de hacer directamente en su entorno más inmediato. Por eso, la política que son capaces de concebir se reduce a impulsos voluntaristas e individuales. Se trata de un imaginario muy parecido a la famosa serie de HBO, Juego de Tronos: a rey muerto rey puesto; y el rey que queda en pie es el que se atreve primero a alargar la mano y tomar el poder. Los medios que se utilicen para alcanzar el poder o conservarlo no son relevantes.

Esa es la razón por la que, en las pocas oportunidades en las que he escuchado directamente hablar a los estudiantes y a los jóvenes que están participando en las protestas, las preguntas se me han multiplicado. Comparto plenamente sus reivindicaciones inmediatas: que liberen a los jóvenes presos, que se castigue a los responsables de los asesinatos, las torturas y los malos tratos. Pero a partir de allí la enumeración se me atasca en el alma, se me engatilla en el pecho. No he escuchado a uno sólo de los jóvenes líderes poner entre las prioridades de la cada vez más larga lista de peticiones la renovación de las instituciones encargadas de impartir justicia, de contar los votos, de aprobar y hacer cumplir las leyes o representar a las minorías, sean quienes sean.

Es verdad que estas demandas están en la lista. Pero están perdidas en la tramoya de otras tantas demandas inmediatistas y no parecen ser prioridad para nadie. Y cada vez que oigo a uno de estos jóvenes insistir en que quieren libertad, vivir en un país mejor, andar de noche por la calle sin miedo a ser asaltados, no tener que hacer cola para comprar pan o papel sanitario, me pregunto en voz alta ¿y el Consejo Nacional Electoral? ¿y la Corte Suprema de Justicia? ¿y PDVSA? ¿y el Banco Central de Venezuela? ¿y como sea que se llame ahora el organismo encargado de nuestros papeles de identificación? Y la lista se me agranda junto con la angustia por el futuro. Porque en el discurso de los líderes de las protestas la palabra democracia no aparece con el énfasis y la frecuencia que debería.

No es casualidad que en Juego de Tronos el poder esté representado por una silla hecha con las armas con las que se han enfrentado los aspirantes al trono. Es una imagen poderosa: la representación más elocuente de una manera de hacer política basada en la violencia. Es también una imagen que evoca la guerra como telón de fondo, que es la forma más inmediatista de resolver las diferencias, es decir, de hacer política. Tampoco es casualidad que en ese trono sólo se sienten hombres. El imaginario bélico está siempre construido desde la perspectiva del macho que se imagina solo sobre la faz de la tierra, victorioso, sentado sobre los cadáveres de sus enemigos.

En estos días me ha dado por pensar que un trono como ese podría construirse con los restos de las barricadas, con los escombros que se han utilizado para cerrar avenidas y trancar calles. El líder que pretenda sentarse eventualmente en ese trono, cuando este motín multitudinario se termine, tendrá allí el símbolo del país que le va a tocar gobernar. Un país hecho de ruinas, de restos dispersos y discontinuos de lo que antes fue.

Ojalá que ese futuro gobernante sepa usar ese símbolo para evitar caer en el mismo error que sus adversarios y no para perpetuar la destrucción y la violencia en un infinito juego de tronos.

Te mando un abrazo aterrado,
r

lunes, 10 de marzo de 2014

Carta de Eliza



Amiga,

No sé ni como comenzar a escribirte. Tal vez imaginando que estás cerca, que te abrazo y puedo llorar contigo, a salvo, habiendo visto este horror, pero a salvo. Sin este miedo, sin este asco, sin este dolor en el estómago, sin estas nauseas, sin esta tristeza. No sé qué decirte. Sé que has visto noticias, he visto tus comentarios y he sentido tu angustia y tu preocupación. Así que no tengo que contarte nada.

Hoy, después de dos días de “descanso” en casa, salimos a dar una vuelta por la ciudad. No estamos en las zonas de conflicto, tiene sus ventajas vivir en el monte. Aquí nos hemos reunido con nuestros vecinos, preparamos comidas juntos, hacemos pancartas, comentamos los sucesos de los que nos vamos enterando por parte, por las redes sociales, porque logramos comunicarnos con alguien… Ayer bajamos a comprar algo de comida, lo que se pudiera, porque ya no nos quedaban provisiones y a visitar a Eric que se enfermó (una gripe de esas). En la Vuelta de Lola encontramos a Arnaldo y a otros conocidos, hicieron un “pancartazo” durante la mañana. Acompañamos un rato y luego hicimos una cola para comprar pan (es la primera que hago; parte de mi resistencia individual ha sido no hacer ninguna cola para comprar nada pero hoy tuvimos que claudicar), y recorrimos varios sectores.

¿A qué huele la guerra? Aquí, esta guerra minúscula que hay aquí, este remedo de guerra, huele a basura quemada en todas partes. 


Esto es en el viaducto de la 26, comenzando, en la esquina de Supermercado Yuan Lin. Las urbanizaciones de esa avenida, han sido de las más atacadas por las bandas de motorizados, eufemísticamente llamadas “colectivos”. Igual la zona de Las Américas, por donde vivía tu mamá. La Pedregosa, Santa Juana, la urbanización Humbolt que está cerca del terminal de pasajeros. Hay lugares donde parece que no pasa nada. Las calles están limpias, la gente hace vida “normal”. Pero igual impera el miedo, porque los tupas pueden llegar en cualquier momento, porque andan por todas partes, en sus motos, en grupos, porque te miran desde el poder de sus armas cuando te pasan por el lado, porque estás marchando y los ves agrupados, detrás de la policía, detrás de la tanqueta.

El miedo, amiga. El desfile de ayer para conmemorar el año de muerto del militar que dejó este “legado” daba miedo, cada palabra dicha en ese acto infame era una corroboración de lo que tiene 15 años diciéndose aquí, desde el lugar del poder: La vida, no diré las opiniones, de quienes no se pliegan al régimen, vale menos que nada (Hemos hablado del tema, te he escrito muchas veces que entiendo perfectamente lo que sienten los que han salido del país, ese “extrañamiento” del que tanto has escrito, porque es lo mismo que siento yo, sin haber cruzado mar alguno. Ni el país nos pertenece ni viceversa. Ahora eso se hace saber a balazo limpio. Y uno va, con su miedo a cuestas). 

Hemos marchado hasta la extenuación (estamos insolados, exhaustos de tanto marchar). Cantando, portando la bandera, con pitos y bubuzelas, con pancartas… Nunca pensé que marchar iba a convertirse en mi actividad cotidiana. Ni contar muertos y heridos. Ni llamar a los amigos a cada rato a ver si están bien, si su casa o su carro están a salvo. Ni que iba a llamar a mi hija todos los días para contarnos nuestras respectivas marchas y si logramos llegar sin un rasguño a casa. Pero no nos ven. Las noticias se limitan al carnaval, a los actos del gobierno (especialmente a las conferencias de paz, esa trampa mortal en la que varios han caído), a las labores de limpieza que hacen los colectivos mientras “esos violentos guarimbean y ejercen la violencia). Estamos anulados, no nos vemos. Las marchas no existen. Es lo peor de todo esto. Y la certeza de que se va a ir agotando (nadie puede estar indefinidamente en barricada ni marchando), de que poco a poco, el gobierno va a imponer su normalidad, con las balas, con los medios de comunicación. Esto se convertirá en pesadilla colectiva, o se olvidará, y el régimen seguirá su curso, más fortalecido. Es mi percepción (y la de Joseangel), nada optimista.

Y eso me da más miedo. Por mí, por nosotros, por los amigos, por Eliacim, por Aleja. Sobre todo por Aleja. Tenemos que salir de aquí, amiga. Huir, no hay otra salida. Porque no estamos dispuestos a morir ni a matar a nadie. Sé que estoy un poco dispersa, que no atino a escribirte bien, pero no puedo. Demasiado dolor en estos pocos días, y horror, y decepciones. 

Te abrazo así, sintiéndome tan poquita cosa,

E

miércoles, 19 de febrero de 2014

Protestar en exilio



Amiga,

¿Cómo se viven las protestas de la tierruca desde el exilio? (Lo voy a seguir llamando exilio y espero que no se me pongan filológicos con el término).

Cuando hay protestas en todas las calles del país que seguimos llamando nuestro a pesar de la distancia, el corazón nos da más de un salto. Se nos llenan los ojos de lágrimas ante cada foto. Se nos hace un nudo en la garganta frente a cada injusticia. Sí. Todo eso. Así de cursi y de gaita maracaibera. Cuando hay protestas y vemos las fotos y los videos de gente reclamando en la calle, y no podemos estar ahí, pateando esa avenida en la que crecimos, llenando esa plaza en la que hemos estado tantas veces, la impotencia nos hace dar puñetazos en el aire.

Cuando hay protestas en las que no podemos participar, nos quedamos pegados a la pantalla de la computadora. Escuchamos las consignas y los aplausos, vemos el lento avanzar de la multitud, leemos con asiedad lo que otros dicen. Saltamos de un medio a otro, de una red a otra, de un muro a otro. Tratamos de formarnos una opinión aunque sepamos que la distancia nos impide tener una mirada realmente propia. Queremos opinar, queremos criticar, queremos decir algo a alguien que quiera escucharnos y que sienta la misma pasión que nosotros estamos sintiendo. Abrimos la boca para gritar y el grito no nos sale.

Cuando en la tierruca matan a alguien por protestar en la calle, o alguien es herido, detenido o torturado, y no podemos salir a manifestar con una pancarta en la mano y no podemos siquiera agarrar una olla y cacerolear hasta que nos duelan las manos, hacemos búsquedas por internet para ver si hay alguna protesta cerca en la que podamos participar. Repetimos en nuestros muros las denuncias, retuiteamos las noticias que queremos que se conozcan, firmamos cartas abiertas para apoyar a los que manifiestan allá lejos. Y sentimos una inmensa, aguda, desesperante impotencia.

Nunca me ha gustado el símbolo de la bandera. Ninguna bandera. Y, sin embargo, cuando en la tierruca hay protestas y veo a la gente marchar con la bandera en una gorra, con la bandera enarbolada en una mano, con la bandera rota en una franela, quisiera tener aquí uno de esos trapos tricolores. Me gustaría poder colgarlo en una de mis ventanas sin importar si alguien entiende o no lo que significa. Sin importar que mis vecinos piensen que estoy apoyando a algún equipo de fútbol desconocido y sigan de largo como si nada.

¿Cómo se vive la protesta en el exilio? Con una mezcla de tristeza e impotencia. Exacta a un luto a distancia. Y no hay nada peor para un exiliado que el luto a distancia. Si alguien se te muere cuando estás lejos, tu primer impulso es correr para allá y acompañar a los tuyos. Pero no siempre puedes. Y te quedas varado con tu dolor y tu impotencia en medio del frío y la oscuridad. Así es como se siente vivir a distancia una protesta en la que no podemos participar.

Por lo que valga, por lo poquísimo que sirve, te dejo aquí un abrazo solidario,

r