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lunes, 19 de mayo de 2014

Del exilio febril



Amiga,

Estoy ya de regreso de Bogotá. No te cuento sobre la ciudad porque ya la conoces. Sólo quería compartir contigo mi impresión de haber estado en un lugar tan parecido a todo lo nuestro. La ciudad me resultó una mezcla extraña entre Mérida y Caracas. Nos quedamos en el centro, en La Candelaria, y cada mañana me parecía que estaba saliendo a caminar por Mérida. Pero unas cuadras más allá me sentía en la Avenida Urdaneta, y un poco más arriba me parecía estar en Baruta. Todo mezclado con ese acento bogotano que es tan pegajoso.

Comimos rico, nos reunimos con gente querida, paseamos, sufrimos el tráfico y disfrutamos el clima generoso y las largas caminatas. Tuve el gusto de conversar con colegas y estudiantes de la Javeriana sobre la literatura del exilio y sobre Rómulo Gallegos. Me quedé con ganas de ver más, de entender mejor, de conversar con más gente. Sobre todo, me quedé con ganas de dar el salto a la tierruca para ver cómo va todo por allá. Y se me quedó atravesado en el medio del pecho un sentimiento de culpa por no haberlo hecho.

¡Otra vez será!

Aquí en mi pueblito escocés está haciendo un clima bogotano: llueve sin frío, o más bien con un fresquito andino que me permite dejar todas las ventanas abiertas para que pase el ruido y el olor de la lluvia. En este clima leo las Cincuenta lecciones de exilio y desexilio de Gustavo Pérez Firmat y siento como si toda mi experiencia de desterrada estuviera ya escrita en esas lecciones. Te copio aquí la tercera lección:

A los cincuenta años el destierro se convierte en destiempo. Por eso no creo en el regreso, porque se ha transformado en una intransitable regresión.
Me rodeo de libros escritos por autores cubanos, me dedico a leer sólo en español (lo cual quiere decir, además, leer solo en español), y al cabo de unos días o semanas me entra la asfixia. Para respirar hondo, tengo que forzar un suspiro o un bostezo, como si mis pulmones funcionasen a plenitud sólo en la melancolía o el sueño. Entonces extraño el inglés como el ahogado añora el oxígeno.
Esa incapacidad de plantarme en el idioma español es síntoma de destiempo. El inglés me entrega una palabra afín –distemper– en la cual descubro su correlato afectivo; distemper es mal humor, pero más generalmente designa un estado de desorden corporal o mental, alguna imprecisa dolencia como la de no saber ubicarse en un idioma. La traducción al español, «destemplanza», marca la frontera entre el bienestar y el malestar, entre el frescor y la fiebre, y por ello también dibuja la sintomatología del destiempo. Bajo «destemplanza» el diccionario trae, entre otras acepciones, «desigualdad de tiempos», frase que termina siendo la mejor definición de las consecuencias de un exilio crónico y febril. Mientras haya desigualdad de tiempos, no habrá regreso. Habrá destiempo, distemper.

Hasta aquí la tercera lección de Pérez Firmat. Lo sigo leyendo mientras oigo llover afuera. Escucho Venezuela en sus textos cada vez que leo Cuba y todo me resulta tan familiar, tan tristemente exacto.

Te mando un abrazo destemplado y a destiempo,
r



jueves, 30 de enero de 2014

Ponte y las relecturas



Amiga,

En estos días en que la escritura se me ha dado como un don inmerecido me han llegado también dos libros que pedí hace semanas. Son dos libros de Antonio José Ponte, un escritor cubano que descubrí mientras traducía un artículo sobre las ruinas de La Habana del que te hablé hace un tiempo. Llegaron tarde los dos y al mismo tiempo. En cada uno hay dos libros de relatos, así que en total tengo de pronto cuatro libros de Ponte, cuando antes no tenía ninguno, sólo noticias y citas y su imagen en un documental que lleva el título de uno de sus cuentos.

Nada más abrir el libro Un seguidor de Montaigne mira La Habana, me encuentro con un fragmento que no puedo resistir la tentación de copiar en este espacio nuestro. Se llama “Un poco de desasosiego” (esa palabra pessoana que a las dos nos gusta tanto). Lo copio, como todas las citas que aparecen aquí, a sabiendas de que contravengo una ley. Esa que dice “queda prohibida la reproducción total o parcial...”. Infrinjo la ley porque sé que es materialmente imposible conseguir en la tierruca este libro, publicado originalmente en Matanzas en 1985 y luego en Madrid, (Verbum 2001), que es la edición que manejo. Me robo este fragmento para hacerle honor a su autor, más allá de los derechos de sus editoriales, porque tal vez este sea el único lugar donde algún lector tenga la dicha de encontrarse con Ponte. Aquí va:

Hay libros entre los que tengo que ni siquiera hojearé.

Mi biblioteca no es muy grande, cabe toda en un mueble que tiene el tamaño de un órgano de iglesia. El órgano de una pequeña iglesia. Los libros que guarda no son de disciplinas muy diversas, alejadas de mi centro, del centro que presumo tendré, y que seguramente tengo aunque no llegue nunca a conocerlo. Todos son libros próximos a mí y, sin embargo, algunos no serán hojeados y no hay razón aparente para ello. Por esta falta de razón, por esos caprichos, siento desasosiego.

Tampoco tranquiliza los libros leídos. No importa que los haya conocido y los recuerde, desde sus anaqueles dirán cosas que se me escaparon, pensamientos que creí entender y lo hice malamente, líneas que no atendí, líneas para las cuales no estaba preparado todavía.

Esa intranquilidad obliga a releerlos.

Se habla bastante de los placeres de la relectura, del misterioso encuentro entre el lector que somos y el lector que éramos. Nos parece mentira que un encuentro así, encuentro de gemelos, reconocimiento más inquietante que el de dos hermanos de una tragedia antigua, se produzca en un libro.

Un libro nos parece el campo más inesperado de los campos posibles. La sorpresa nos toca cuando reconocemos en la olvidada figura de una fotografía al que fuimos hace tiempo, pero es mayor cuando ese reconocimiento sucede gracias a un viejo libro. La sorpresa es mayor porque, sin vernos, sabemos que estamos allí y ese presentimiento vale más que una imagen de fotografía.

No puedo negar nada del placer de la relectura porque me doy demasiado a él. Pero el placer viene a la larga, primero está esa desazón de que las cosas pasen sin mí, desazón de haber sido ciego en la plaza del libro. 

He notado que existen lugares en mi casa que no acostumbro a pisar (equivalen a libros que no hojeo), donde apenas estoy.

Mi casa es amplia y sólo tengo en ella unos pocos rincones que me son afines, rincones del hábito. La luz y la temperatura y lo apartado los han decidido y los decide en cada momento mi humor, mi ocupación o mi aburrimiento. Resultan tan cómodos como unos viejos zapatos de piel o las piernas de unos jeans gastados: parecen caminar solos, brindan un cierto automatismo. En esos rincones uno se deja vivir. Para que no pierdan su calidad de guante justo hay que habitarlos día a día, releerlos. 

Del mismo modo, pienso a veces en que estoy frecuentando poco a alguna persona, que la olvido. Este pensamiento me saca a la calle o me acerca a la mesa del teléfono. Si la amistad, el amor, son sueños que soñamos, llega entonces la siguiente inquietud: ¿y si el otro no sueña, y si, de pronto, dejáramos de ser soñados?

Da un poco de tristeza ponerse a imaginar tanta gente que no conoceremos. Gente presta quizás para nuestra alegría, para nuestra ternura, lista para traicionar y ser traicionada. Gente para envolver y para ser envuelta... Y no llegaremos nunca a tropezárnosla, no llegaremos a hojear aquellos libros.

Con las calles me ocurre algo parecido. Paso días sin tomar por una y me pregunto: ¿tal calle sigue igual, obedece a un trazado? Inevitablemente la pregunta me empujará fuera de casa. La mayoría de las veces recorro la ciudad para rectificarla. Doy lo que llaman una vuelta. Fundador, agrimensor, paseante, ha sido un poco de desasosiego lo que me ha puesto así. Entonces camino...


Hasta aquí Antonio José Ponte. En estos días en que mis personajes caminan por las calles de Caracas y me olvido del nombre de los lugares por donde pasa la vía que va de Bello Monte a Baruta, quisiera tener la opción de echarme a la calle a recobrar esa ciudad con la que sueño. Pero sólo me queda la imaginación, fotos que bajo de internet, algunos mapas y la buena memoria de un marido caraqueño que a veces me saca de apuros.

Y qué te puedo decir de las personas que ya no frecuento. Frecuencia de encuentros es algo que se me da poco de este lado del mundo. A no ser que contemos la frecuente llegada de la tristeza de estar lejos.

Te dejo aquí un abrazo inquietante como una relectura,
r

sábado, 14 de diciembre de 2013

Cinco días en Cape Town



Amiga,

Hace ya varios días que regresé de Cape Town y he estado dándole vueltas a las impresiones que me traje de allá para tratar de contártelas. No me resulta fácil. Uno tiene tantas ideas preconcebidas sobre África y se imagina que se va a encontrar con algo al mismo tiempo exótico y conocido, porque a fin de cuentas somos también del llamado tercer mundo y sabemos cómo funcionan las cosas en nuestros pobres paisitos. Y aún así, es esa misma mezcla de algo distinto pero parecido lo que más me ha impresionado y lo que más me cuesta explicar.
El sol radiante, el cielo imponente, los colores brillantes y los olores intensos, especialmente el olor del mar. Eso es lo que más se parece a lo nuestro. También el deterioro de los edificios abandonados o el descuido de los que funcionan a medias, todo eso evoca nuestro precario paisaje urbano. Ni hablar de la actitud de la gente: gritones, bullangueros y reilones entre ellos, o profundamente serios, ariscos y suspicaces frente a los extraños. A ratos me sentía en mi pueblo. Sentía que estaba en un lugar que podía comprender perfectamente porque se parecía tanto a lo que somos o solíamos ser.
Pero esa sensación de familiaridad que producen las semejanzas se rompía de pronto. Cada tanto, varias veces al día, se hacía evidente la realidad de un lugar totalmente distinto e incomprensible. El primer disparador de la extrañeza es, por supuesto, el asunto racial. La convivencia de los distintos grupos étnicos no logra ocultar el hecho de que la separación entre ellos ha sido profunda y lo sigue siendo. El contraste entre los blancos-blancos y los negros-negros es una prueba de que no ha habido mezcla. Nosotros somos casi todos marrones, café con leche, como tanto se ha dicho. Porque tenemos cinco siglos mezclándonos. En Sudáfrica los mestizos son una minoría extraña.
Y esa separación produce una especie de onda expansiva que viaja a través de los cuerpos y las superficies tocándolo todo y no dejando nada intacto. Afecta las miradas y los gestos, las ropas y las casas, el andar por la calle y el entrar en el agua. No sé muy bien cómo explicarlo, pero es algo que puedes sentir en cada intercambio con la gente, en cada palabra dicha o callada. Todo el mundo te mide y se mide con un rasero que es para nosotros desconocido. Un código oculto pero palpable, que pasa por el color de la piel y que tiene un peso denso, ominoso.
Después está la naturaleza. Y los animales. La flora y la fauna, pues. Todo es rico, abundante, extremo, oloroso, brillante. Las frutas en los abastos parecen pintadas de colores. Las flores en los árboles son como destellos fosforescentes. El mar tiene a veces un azul imposible. Los animales parecen amenazarte a cada recodo del camino y al mismo tiempo convives con ellos casi sin saberlo.
Las señales en las carreteras te advierten que puedes encontrarte con avestruces, baboons, pingüinos en la tierra, y con enormes tiburones en el mar. Los vimos todos. A los baboons de lejos, en una curva de la vía que va al Parque Nacional de Table Mountain (Montaña de la Mesa le dicen en español, pero suena horrible); a los avestruces los vimos a dos metros de distancia, caminando con su lento paso de camellos a la orilla de una playa en el parque del Cabo de la Buena Esperanza; y a los tiburones, por suerte, sólo los vimos pasar majestuosamente frente a nosotros en los enormes tanques del acuario de la ciudad.
Pero lo que más nos gustó fue ver a los pingüinos en su estado natural, parados de cara al sol en una playa que tienen reservada para ellos solos. En la playa de al lado es posible meterse en el agua con ellos. Pero sólo si ellos quieren. Los dos días que fuimos los pingüinos prefirieron echarse en las rocas a tomar el sol. No los culpo. ¡El agua estaba helada! Aún así nos atrevimos a bañarnos varias veces en ese mar que está en el límite entre los océanos Atlántico e Índico. Más que todo porque eso nos permitía decir que ya nos habíamos bañado en los tres océanos mayores y eso suena de lo más aventurero.


 El acontecimiento se la semana fue, por supuesto, la muerte de Mandela que anunciaron el mismo día que llegamos, el 5 de diciembre. Los periódicos del día siguiente amanecieron con la noticia impresa en grandes titulares y durante el resto de la semana leímos todos los preparativos del funeral y vimos en la tele a la gente cantando y bailando frente a la casa de quien es para ellos el padre de la patria. La cara de Mandela está en todos los billetes de Sudáfrica. No parece haber ningún otro héroe digno de semejante honor. Pero nos pareció que su muerte no causó la impresión inmensa que se esperaba y que tanto anunciaban por la tele. Tal vez porque ya todo el mundo estaba resignado a la idea de que Mandela iba a morir pronto. Tal vez porque para los sudafricanos la muerte no es una tragedia.
En todo caso, por más que los medios internacionales trataron de resaltar el dolor y el duelo, lo que en realidad se veía en las calles era otra cosa. Todo el mundo andaba en lo suyo. Aparte de las banderas a media asta, no había ninguna señal de trauma colectivo al estilo de lo que se vio en Venezuela por la muerte de Chávez. De hecho, sólo una vez vi a una chica escuchando en la radio lo que estaba pasando en Johanesburgo, que fue donde se concentraron todos los actos mientras estábamos allá. También vimos las mesas que habilitaron para que la gente firmara libros de condolencia. En cada una había un grupito de gente, pero no colas multitudinarias como creo que estaban esperando.
Sólo fuimos un día al centro de la ciudad. Nos fuimos en el tren y por recomendación de un colega de Lyo compramos pasaje de primera clase. Igual nos pareció un exceso y de ida viajamos como todo el mundo en tercera. Vimos a la gente subir y bajar de un tren más bien destartalado. Escuchamos a los locales hablar a los gritos en distintos dialectos que tienen sonidos guturales imposibles de reproducir si no los aprendiste en la infancia. Y sufrimos el sermón largo de un predicador que en perfecto inglés nos conminó a arrepentirnos de nuestros pecados por casi cuarenta minutos. Por eso decidimos volver en primera clase, donde la única diferencia es que hay menos gente y no tienes que soportar ningún sermón. 
Al llegar a la estación central sufrí la desgracia de tener que usar en baño público, una experiencia que me hizo añorar los peores baños de carretera de la tierruca. En el centro de Cape Town, caminamos por una ciudad casi vacía, calcinada por el sol, agobiante de calor, como si avanzáramos por el centro de Porlamar en pleno mediodía. Largas avenidas, altos edificios de vidrio y concreto, tráfico bullicioso. Pasamos la tarde refugiados en las tienditas y los mercados del puerto, que ellos llaman “waterfront”, escuchando a un grupo de jóvenes con la cara pintada de puntos blancos y ropas de vivos colores, tocando tambores como en cualquier noche de San Juan en Barlovento.
No nos quedaron ganas de volver a la ciudad. Preferimos refugiarnos en Muizenberg, el suburbio a la orilla de la playa en donde está el instituto en el que Lyo iba a dar clases. Y desde ahí viajamos a lo largo de la costa por todos los vecindarios que bordean el Parque Nacional, como si viajáramos a lo largo de la costa central desde Catia la Mar hasta Naiguatá, pero a lo largo de una bahía gigantesca en la que se mezclan dos océanos y hay pingüinos y tiburones blancos y ballenas inmensas. 

 
No sé muy bien cuál es el balance para mí de esta visita relámpago. Me encantó la comida y el paisaje y la calidez de la gente. Me angustió la sensación de estar siempre bajo amenaza, al borde de presenciar un hecho violento. Me cansó el larguísimo viaje, vía Amsterdam, a través de todo el continente africano, y me fascinó ver nítidamente el desierto del Sahara desde las ventanillas del avión. Al final tenía ganas de regresar a casa, pero también me quedé con ánimo de volver. Ningún lugar se puede conocer en cinco días. Tal vez por eso no puedo decirte cuál es en definitiva mi impresión más fuerte.
Habrá que volver. Es todo lo que puedo decir en este momento.
Te mando un abrazo sudafricano!
r

miércoles, 25 de julio de 2012

Ciudad nuestra


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Amiga,
No quería levantarme esta mañana. Estaba metida en un sueño terco que no me dejaba ir y que ahora apenas recuerdo como una empecinada búsqueda de no sé qué. Pero había sol –por fin– y un rayito se me coló por la ventana y me obligó a empezar el día. Abrí todas las ventanas de la casa y cumplí morosamente con mis rutinas, incluyendo un rato bajo el sol junto a mi gato. Al sentarme en mi mesa a trabajar, después de muchas vueltas, me encontré con la sorpresa de tus poemas publicados en Letralia. No puedo evitar reproducir al menos uno de ellos en este blog nuestro.
Ninguna calle perdurará de ti
De tus calles, ninguna. Salgo de ti, ciudad mala anfitriona, mezquina y sola. Ni una puesta de sol, ni una sombra, ni un cielo, ni una flor.
De tus calles, ninguna. Salgo de ti ciudad sin ojos, ni siquiera ciega. Acaso ocultes muñones y jorobas, avergonzada, llagas y despojos. Acaso nada. No estás, no eres.
De tus calles, ninguna. Salgo de ti ciudad sin dones, ciudad que ni una piedra, ni un agua fresca, ni una forma de nube, ni un gato perdido.
De tus calles, ninguna. Salgo de ti ciudad incolora. Huyo de tus criaturas que cruzan las aceras con desgano, lanzando desperdicios y escupiendo y destilando tedio.
De tus calles, ninguna. Salgo de ti pobrecita ciudad sin esperanzas. Te dejo sin nostalgias, te dejo en el olvido.
De tus calles, ninguna. Salgo de ti ciudad sin danza ni relato. De ti ni un nombre, ni una plaza, ni una mañana, ni un café, ni un miedo. Ciudad sin moraleja ni posdata, nunca viví en ti, nadie ha vivido.
De tus calles, ninguna. Salgo de ti ciudad sin un latido, estéril. Aquí te dejo hasta el día en que te recojan los fantasmas, que los vientos te borren, que el agua se lleve tus casas. Aquí te dejo con tus fachadas sucias y tu sed. Agonizarás bajo el polvo, ciudad sin cantos, palabra muerta.

Me gusta lo que escribes. Siempre te lo he dicho. Me gusta el tono duro, las imágenes desoladoras, la economía y efectividad de los golpes que lanzas como fieras en cada verso. Y me gusta la imagen que al final queda del lugar que construyes con palabras: Esa ciudad hostil y desolada que todos llevamos clavada en el alma.
Aunque lo que miro aquí a través de la ventana es todo verde o gris nublado, aunque el asfalto y el cemento me quedan lejos, esa ciudad de la que te despides y a la que siempre vuelves está en mis sueños. Es la ciudad en la que habito cuando me dejo ir a esa otra vida que está más allá de la vigilia. Por eso me sorprende tanto encontrarla en tus textos, idéntica, como si me hubieras acompañado a andar por las calles por las que ando cada noche.
Te mando un abrazo que rebota en el aire como un grito,
r

lunes, 28 de noviembre de 2011

En la república sin límites


Amiga,

(El viernes pasado me llevé la compu para la biblioteca y te escribí el texto que te copio abajo. Estuvimos paseando el fin de semana y es hoy que me siento a subirlo a este blog nuestro).

Nos queda sólo una semana en Londres y yo no te he escrito ni siquiera una línea para contarte mis impresiones de la ciudad. Así que hoy me traje la compu a la sala en la que leo en la British Library y desde aquí te escribo con una sensación de estar en uno de los pocos lugares en los que siento que no tengo que pedir permiso para existir. Estoy sentada en el puesto 3119, en una de las zonas de la sala de Humanidades en las que el techo es más alto y por las claraboyas se puede adivinar la claridad del cielo que sigue vivo arriba.

Ayer, mientras entraba a la biblioteca pensé que ninguna ciudad es una cosa única para quien la vive o la padece. La ciudad está hecha de fragmentos: el recorrido que hacemos de la casa al abasto, de la casa al lugar de trabajo, al cine o al museo. Las ciudades son recorridos, preestablecidos o inesperados, pero siempre parciales. La ciudad nunca es toda ella una experiencia que se pueda abarcar. Así que sólo puedo contarte de mi Londres particular. Este Londres que está hecho de retazos y que se centra en el barrio en el que viví antes, el muy historiado Bloomsbury, con Russell Square y el Museo Británico en el ombligo.

Mi Londres tiene dos polos: el lado sur del Támesis, desde Waterloo Bridge hasta la Tate Modern y el puente del milenio, y la zona de la British Library, con la estación Saint Pancras dominando todo el horizonte. Podría agregar otros dos lugares para completar los puntos cardinales: la zona de los cines y las librerías en el cruce entre Shaftebury Avenue y Charing Cross Road y las callecitas laberínticas alrededor de Covent Garden y el obelisco minúsculo donde confluyen las Seven Dials. Pero está también la zona del mercado de Camden Town, al norte; y las callecitas alrededor de Spitalfields al este, en la ciudad vieja. No soy muy amiga de los espacios monumentales de Westminster, donde está el Big Ben, el parlamento y el palacio real, pero me gustan los parques –el Green Park y el St. Jame’s Park– a los que esta vez no me he acercado, pero espero poder visitar antes de irme.

No he tenido tiempo de volver a ver todo, porque he estado tratando de armarme un ritmo de trabajo y lo que hago, después de flojear un poco en la mañana, es enfundarme en un abrigo y caminar las dos cuadras escasas que me separan de la British Library. Al llegar tengo siempre la sensación de estar entrando, si no en el territorio, al menos en las vecindades de la tribu a la que pertenezco. Y cuando me dieron al llegar mi pase de lector, sentí que me estaban otorgando el pasaporte que me acreditaba como ciudadano de esta república. Un país virtual al que pertenecen todos los seres, de la nacionalidad que sea, que aman los libros y todo lo que se relaciona con ellos.

No me cuesta nada reconocer que los académicos son seres insoportables, sean estudiantes o profesores o aspirantes a cualquiera de las dos posiciones. Y si hay una sub-especie más insoportable que todos los demás modos de ser académico, es ésta que pulula alrededor de la British Library. Sin embargo, cuando has pasado suficiente tiempo entre ellos y conoces las virtudes y los defectos de esta tribu, y sabes cómo pasar de largo por lo que más te molesta, terminas entendiendo que la pertenencia es precisamente eso: reconocer al otro dentro de tu misma especie. Porque también se trata de aceptar que, a pesar de todo, me siento más cómoda entre los intelectuales y los académicos que se pasan el día entre libros y documentos, que rodeada de cualquier otro tipo de seres con preferencias distintas. ¡Qué le vamos a hacer!

Así que ésta es mi república elegida, amiga. Y cuando entro a la sala de Humanidades 2 y tomo posesión de un asiento con mi libreta y mi lápiz, casi siempre buscando una afinidad con los números que me haga sentir que algo en el universo funciona bajo una especie de orden, me siento en casa. Recuerdo los cuatro años que estuve aquí, en esta misma sala, leyendo, pensando y escribiendo mi tesis doctoral. En esos cuatro años en que la nostalgia, la oscuridad y la furia no me dejaban vivir, lo único que podía soportar era este refugio de madera y papel. Mientras estaba aquí me sentía en paz. Cuando salía, junto con el frío y la lluvia, me golpeaba el alma la certeza de no estar en el lugar en el que debía estar.

Y ahora vuelvo a sentir lo mismo. Es decir, la paz de estar en un lugar que me acepta sin ningún requisito. O más bien con el único requisito de compartir la pasión por los libros, por las palabras. El otro sentimiento, el que siento al salir de aquí –esa sensación de estar en un lugar al que no me amaño– no ha desaparecido. Pero ahora es un extrañamiento que se ha vuelto parte de lo cotidiano. Me he acostumbrado a no pertenecer y me parece una sensación cada vez más natural. Es el modo de estar en el que me he instalado ya para siempre.

Pero debo reconocer que todo ha cambiado y ahora esta tribu se ha adaptado a los tiempos y a las nuevas tecnologías. Por todas partes hay gente con un aparato enfrente ­–computadoras, iPads, teléfonos, tabletas de diversos tipos– comunicándose con alguien que está en otro lado o navegando por un mundo virtual que está muy lejos de este. Ese cambio ha convertido a esta tribu, que antes tenía una edad promedio de –digamos– treinta y cinco años, en una multitud de postadolescentes ansiosos de ver y ser vistos.

Y los pasillos de la biblioteca que antes estaban casi vacíos ahora están atiborrados de una multitud de seres que no parecen pertenecer del todo, que tal vez no tengan siquiera acceso a las salas, pero viven desde los márgenes la experiencia vicaria de formar parte de esta comunidad de lectores. Y esta república generosa los acoge sin mezquindades ni exclusiones, en las decenas de sillas, bancos, banquitos y banquetas que han instalado en cada espacio disponible, y hasta en el piso cuando las sillas no alcanzan.

Tal vez por eso, y aunque la ciudad que dejo afuera cuando me encierro aquí me llama a recorrerla, a volver a ver los lugares conocidos o a explorar lo mucho que todavía no conozco, siento que es aquí donde tengo que estar y vuelvo a refugiarme todos los días en esta sala de altos techos y en los libros que descubro con una alegría tal vez digna de mejores causas. He estado leyendo sobre la literatura del exilio, sobre nuestros autores desterrados, como Teresa de la Parra. Por eso no te he contado largo de Londres. Pero ya encontraré un tiempo para escribirte sobre el par de cosas que he hecho afuera de la biblioteca.

Mientras tanto, te mando un abrazo oloroso a libros,

r

lunes, 7 de febrero de 2011

De Londres y sus alrededores



Amiga,

Desde que llegué de Londres he estado con intención de escribirte para contarte mis experiencias en la capital, pero la verdad es que me ha costado sentarme, porque no sé muy bien cuál es el balance de esta visita. Desde el punto de vista personal, de contacto con la gente y con la ciudad, fue un viaje productivo y enriquecedor. Pero desde el punto de vista académico quedé en una especie de limbo del que no logro salir.

Con excepción de la noche del martes, me quedé desde el domingo hasta el jueves en casa de mi amiga Elisa Sampson Vera Tudela. Compartí con ella y su familia las actividades diarias que implican alimentar, bañar, vestir, organizar y entretener a cuatro niños. Todos ellos inteligentísimos, hiperactivos y curiosos. Disfruté los viajes de ida y vuelta de Cambridge a Londres, a pesar del estrés de las horas pico y de los cambios de tren, metro y autobús. Y fue un gusto enorme asistir a las clases regulares de Elisa, en las que los estudiantes hablaban sobre literatura latinoamericana con una pasión tal vez digna de mejores causas.

El día que me quedé en Londres aproveché para conocer la nueva estación internacional de St. Pancras. Caminé por mi viejo vecindario, como hago siempre que voy para allá. (De ahí es la foto que aparece arriba: un grafiti que se podría traducir como "Cuidado: Dios"). Almorcé en uno de mis restaurantes favoritos, Hare & Tortoise, llenísimo de gente, con decoración renovada, pero siempre con unos platos inmensos de noodles que me recuerdan los domingos relajados de hace diez años. Fui a la Tate Modern a ver la exposición de Gabriel Orozco, un mexicano que hace extrañas cosas con objetos encontrados. Y me metí en el cine en Leicester Square a ver una película, porque no encontré entradas a buen precio para ver ese día Los Miserables, que estoy con ganas de ver desde hace siglos.

Pero más allá de los paseos y las actividades extras, en realidad fui a Londres a dar una charla sobre un trabajo que estoy armando alrededor de la novela histórica venezolana del siglo XXI. Hablé de las mismas novelas que trabajé con ustedes en Mérida en junio del año pasado: Falke, de Federico Vegas; El pasajero de Truman, de Francisco Suniaga; y Rocanegras, de Fedosy Santaella. Tuve un público atento y entusiasta, pero me quedé con la sensación que siempre me atropella cuando hablo de literatura venezolana fuera de Venezuela: una profunda impresión de malentendido.

No sé cómo explicar esto, o más bien la explicación es tan larga y tan complicada que no sé por dónde empezar a darle vueltas. Tal vez lo primero sea que sigo inconforme y en abierta rebelión contra la costumbre que hay en este país de estudiar los idiomas extranjeros ¡¡EN INGLÉS!! No me conformo, no me acostumbro y me niego a dar mi brazo a torcer. Así que, de entrada, tengo que pedir permiso para hablar de la literatura venezolana en español y eso me predispone con la audiencia. La mayoría de la gente no ha escuchado hablar jamás a una venezolana y no importa con cuánta determinación me proponga hablar lento, es imposible, no puedo hablar despacio y la gente se pierde.

Pero más allá de la barrera del idioma, está esa sensación de que, no importa lo que digas, siempre explicas de más o explicas de menos. Nunca sabes realmente qué es lo que la gente conoce o debería saber o espera que le digas. Esa sensación no me asalta cuando hablo de mi trabajo en la tierruca, por razones obvias, supongo. Pero aquí tengo que explicar tantas cosas antes de empezar a decir lo que creo que es medianamente importante, que cuando me doy cuenta se ha terminado el tiempo que tenía para hablar, la gente cabecea y bosteza, y ya no puedo decir nada más.

Entonces vienen las preguntas y la sensación de extrañeza y malentendido se multiplica. Esta vez hubo preguntas interesantes, es la verdad. Pero igual, son preguntas que indican la distancia enorme entre este público y el tipo de público al que estoy acostumbrada. Que es más beligerante, está mejor informado, y no necesita que le expliques quién fue Juan Vicente Gómez. Y por eso he vuelto con una mezcla de inconformidad y vacío de esta experiencia. He vuelto a convencerme de que este no es mi lugar. Que no es aquí donde puedo trabajar, enseñando o haciendo investigación. Que tengo, de una vez por todas, que dedicarme a otra cosa.

Pero uno no puede evitar funcionar con una especie de inercia y es tan difícil desaprender. Así que ya estoy planeando la ponencia que voy a presentar en Caracas el mes que viene y armando un capítulo sobre literatura venezolana en el exilio que tengo que escribir antes de junio. También ofrecí dar un curso en el King´s en algún momento del otoño. En fin, amiga, soy una especie de sacerdote sin fe. Un oficiante de una religión extinta. Un soldado que no cree en la guerra. Creo que Pérez Reverte lo dice mejor en una de sus crónicas, pero no tengo ganas de levantarme a buscar citas, así que por pura falta de entusiasmo dejo esta historia hasta aquí.

Te mando un abrazo más bien a secas,

r

martes, 20 de julio de 2010

Berlín en volandas


Amiga,

El fin de semana estuve en Berlín, acompañando a Lyo que está allá en una conferencia de trabajo. Fueron menos de cuarenta horas, pero creo que resultaron suficientes para hacerme una idea del aire que se respira en esa ciudad tan disputada y controvertida.

No sé si me gustó. De hecho, no estoy segura de que Berlín sea una ciudad que le deba gustar a uno o que deba producir una reacción en términos de si a uno le gusta o no. Me parece más bien que es una ciudad que te pide que la mires sin prejuicios y que la entiendas. Que entiendas sus edificios futuristas tanto como sus monumentos, que entiendas sus lotes vacíos y sus ruinas rodeadas de diseños postmodernos. Pero sobre todo creo que es una ciudad que te pide que tomes en cuenta lo difícil que ha sido su historia.

En Berlín la historia te asalta y no lo puedes evitar. Es tal vez la ciudad que más me ha exigido comprender su pasado. Si no sabes lo que ha sucedido ahí no entiendes nada. Eso pasa con el muro, por ejemplo. Hasta que no ves un mapa donde se muestra el modo como encapsularon a Berlín occidental dentro de un cordón de concreto no entiendes por qué ves restos del muro en todas partes. Y lo mismo pasa con los cambios bruscos de la arquitectura y con los súbitos vacíos o los edificios abandonados en el medio de la ciudad.

Todo en Berlín es al mismo tiempo viejo y nuevo. Todo evoca una culpa y todo parece estar pidiendo un perdón eterno. Tanto los monumentos que recuerdan la guerra como los que se aferran a un pasado más glorioso tienen ese doble significado que parece estar en todas partes. Orgullo y vergüenza. Todo junto y revuelto.

No sé si me gusta esa mezcla. Lo que sí sé es que no podría vivir en una ciudad como esa, donde la culpa se respira por todas partes en las mismas cantidades que la necesidad de olvidar. Y, sin embargo, es posible disfrutar de sus plazas y sus parques, de sus rincones que parecen de pronto parisinos o que producen un aire como romano. Hay una cosa amable y abierta en algunas de sus calles, aunque no alcance a ser del todo acogedora.

En la esquina del hotel en el que Lyo se estaba quedando se instalaban todo el día y toda la noche unos cuatro o cinco jóvenes que en otros tiempos habríamos llamado punks. Bebían y gritaban a voz en cuello a todo el que pasaba. Esos gritos nos recibían en la mañana y nos despedían en la tarde. Esos son los gritos, entre agresivos y festivos, que se van a quedar por mucho rato en mi memoria como el ruido distintivo de Berlín.

lunes, 23 de marzo de 2009

Un día en Londres


Amiga,

El viernes estuvimos en Londres. No sé cuántos años hace que no iba, creo que tres o cuatro. Lyo tenía que ir a una conferencia y yo me antojé de acompañarlo. Cuando tuvimos que levantarnos a las cuatro de la mañana para agarrar el primer avión que salía de Edimburgo a Londres, la idea ya no me pareció tan buena, sobre todo porque no había dormido casi nada –tragedias de insomne- y un dolor de cabeza amenazaba con echarme a perder todo el día. Pero un par de buenos croisants y un café enorme en el aeropuerto le cambiaron el rumbo a la mañana.

Londres nos recibió con un día espléndido. Hacía frío, pero un frío decente de primavera y casi nada de viento. Llegamos directo al centro en el metro y al salir en Russel Square caminamos por nuestro antiguo vecindario como en un sueño. Todo nos parecía limpio, más amplio y más colorido de lo que recordábamos. Dejé a Lyo en su conferencia y me fui a caminar hacia Charing Cross Road para recordar viejos tiempos, ver librerías y pasearme por algunos de mis lugares favoritos, que te muestro a continuación en fotos.



Después de una larga vuelta por los recovecos que van de Russell Square a Charing Cross Road, aterricé en Leicester Square, uno de los sitios en Londres que me produce al mismo tiempo fascinación y rechazo. No es un lugar bonito, está lleno de gente y todo el tiempo están construyendo algo. Pero es un lugar al que siempre vuelvo porque me recuerda las decenas de películas que vimos ahí y me hace sentir en el mero corazón de la ciudad.



De ahí se puede caminar al barrio chino o a Piccadilly Circus en apenas un par de minutos. También están cerca Regent Street y Oxford Street, que son las calles donde se concentran las tiendas y la gente que va a la ciudad a comprar, por lo que no son precisamente mis lugares favoritos. Pero entre esas dos calles está una librería en la que venden libros en español. Estuve tratando de acordarme dónde quedaba la bendita librería, pero no hubo manera de que diera con ella, así que volví para atrás, porque ya me estaba pegando el hambre.



Bajé hasta la National Gallery, donde me senté a comer algo en uno de mis lugares favoritos de comida rápida –se llama Pret-a-Manger. Creo que fue el único sitio donde vi realmente multitudes. Londres estaba llena de gente, pero hay espacio para todos y la verdad es que no molesta. De hecho, esta es la primera vez que camino por Londres sin que nadie me lleve por delante. En todo caso, creo que no me hubiera importado que me dieran un empujón o dos. Cuando vives aislada en el monte, a veces un baño de multitud hace falta.



De ahí caminé un rato hacia St.James Park, sólo por la curiosidad de saber si ya había flores y retoños. Pero no, los árboles pelados del parque están todavía esperando la primavera. Me regresé por la vieja Strand. Me paré en la estación Charing Cross a mirarla un rato -es una de mis favoritas- y a usar los baños, que no son gratis pero están limpios. Seguí un rato por Strand casi hasta donde está el King´s College, mi viejo lugar de estudios. Pero antes de llegar crucé hacia Covent Garden, donde me esperaban mejores recuerdos.



En Covent Garden hay un mercado que siempre me ha parecido el lugar que a ti más te gustaría si pasearas por Londres. Con sus artesanos vendiendo sombreros, trapos, fotos, cuadros, joyas en plata y piedras raras. Todo el lugar huele a mil cosas al mismo tiempo, pero sobre todo a perfumes fuertes de velas y jabones. Un quinteto de cuerdas estaba tocando en un pasillo y me quedé a escuchar un rato. Me sentía como si nunca me hubiera ido.



Pero ya me dolían los pies y necesitaba urgente un lugar donde sentarme, así que me enfilé al British Museum, que es uno de los mejores refugios que se pueden encontrar en esta inhóspita ciudad. Me encanta la cúpula que cierra el techo en el nuevo foyer del museo. Es un espectáculo de luz y la gente entra y se maravilla, con razón, de estar en un espacio tan inmenso y al mismo tiempo a salvo de los elementos.



Estuve un rato largo sentada en uno de los bancos del patio techado, tomando fotos y viendo pasar a la gente, hasta que me decidí a explorar un poco y me encontré con este espectacular mural de cerámica china en el que se mezclan dragones y flores.



Cada cuadro completa al siguiente y es al mismo tiempo independiente de los demás. Según indica el recuadro que informa sobre la procedencia del mural, originalmente adornaba la fachada de un edificio que fue demolido. Lo que implica que el mural se salvó gracias al museo. Nunca le he creído demasiado a los curadores del Museo Británico, porque siempre me ha parecido que todos los objetos antiguos que exhiben son producto de algún tipo de crimen cultural. Y no puedo dejar de repetir, como un mantra, cada vez que atravieso sus puertas, la frase de Walter Benjamin: “No hay un documento de civilización que no sea a la vez un documento de barbarie”. Por eso nunca he terminado de reconciliarme con los museos como éste. Pero, en fin, lo salva el patio techado y la vieja biblioteca que se puede visitar para ver dónde se sentaron, durante años, señores eminentes, como un tal Carlos Marx.



Se hacía tarde y Lyo y yo habíamos quedado en reencontrarnos en Russell Square -en la foto con su nueva fuente a ras de suelo- para caminar juntos por nuestro viejo vecindario, comer algo rico en uno de nuestros restaurantes favoritos –Hare & Tortoise- y mirar nuestra vieja calle. Nos llevamos una sorpresa agradable, porque nuestro viejo lugar de compras se había convertido en un centro comercial de lo más trendy y chic. Hasta el restaurancito chino en el que matábamos el hambre por cinco libras todos los domingos se había reubicado en una esquina de lo más elegante. Comimos delicioso!



Con la barriga llena y el corazón contento caminamos hacia nuestra vieja calle, Lambs Conduit. El edificio en el que vivimos por tres años estaba idéntico. Nuestro flat en la planta baja se veía igual que antes, con más peroles en las ventanas y claros signos de gente viviendo ahí desde hace mucho tiempo. Sentí una nostalgia boba, de esas que se te vienen encima sin tristeza, más bien con una pizca de emoción de haber estado ahí y de ya no estar más.



La calle estaba como más limpia, más iluminada y alegre. Hasta un Starbucks habían puesto en la esquina! Qué no hubiéramos disfrutado nosotros de ese café si lo hubiéramos tenido a mano en nuestros tiempos... o tal vez no, porque en los años en que vivimos en estos predios –de 1999 al 2001- Lyo le había declarado una guerra a Starbucks y no se dignaba a atravesar sus puertas.



Agarramos un autobús para acercarnos a la city, porque yo quería darle una mirada a la Tate Modern antes de irnos. Nos encontramos con la sorpresa de que los pasajes han subido a dos libras, así que pagamos cuatro por rodar apenas unas cuadras. Pero ni modo, mis pies no daban para mucho más. Siempre me ha parecido un espectáculo cruzar el puente peatonal que une la catedral de St. Paul y la nueva Tate. Seguía haciendo un día hermoso y el río parecía hinchado de agua.



Dentro de la Tate había varias exposiciones, como siempre. Pero sólo nos detuvimos a ver la exhibición desplegada en lo que llaman el patio de turbinas. No sé si sabes que la Tate Modern está ubicada donde antes había una inmensa fábrica y cuando entras te encuentras con ese inmenso espacio que parece abarcar cuatro o cinco pisos.



En estos días la exposición ubicada en el patio de turbinas se llama TH.2058 y es de Dominique González-Foerster. Representa un tiempo en el futuro en el que la ciudad está colapsada por una lluvia que no cesa y la gente debe refugiarse en espacios llenos de literas que recuerdan campos de concentración futuristas. Cuando entras escuchas las gotas de lluvia y te da una sensación angustiosa de humedad y frío. En cada litera hay un libro. Nos sorprendió encontrar entre ellos a Borges y a Bolaño. Si te da curiosidad ver más de la exposición, puedes verla aquí. Si quieres escuchar el sonido de la lluvia y ver fotos relacionadas con el montaje de la exposición, entra aquí.



Teníamos la esperanza de poder tomarnos un café con calmita antes de irnos al aeropuerto, pero todo parecía estar cerrado a las siete de la noche. Así que enfilamos hacia el metro por calles medio desiertas y nos despedimos de Londres con algo de nostalgia y haciendo listas de todos los lugares que no visitamos. Al final llegamos a la conclusión de que valió la pena, aunque llegamos a Edimburgo casi a media noche, destrozados y medio dormidos. Por suerte, tuvimos todo el fin de semana para descansar!

Bueno amiga, espero que te haya gustado el paseo. Sigo pensando que un día lo vamos a hacer juntas.

Cariños,
r

viernes, 19 de diciembre de 2008

Au revoir Paris



Amiga,

Estamos de regreso en Edimburgo. Fue un largo viaje y te debo el cuento entero. Por ahora sólo te dejo esta foto de la catedral de Notre Damme que tomé el último día antes de viajar. París estaba nublada y fría. Aún así, cientos de turistas tomaban fotos en la plaza. Yo me acerqué con mi cámara a tratar de llevarme conmigo una última imagen para el camino. Y también a despedirme.

Entré a la catedral a prender una vela. Es un ritual que hemos seguido en los últimos años cada vez que vamos a París y –por esta vez- lo hago yo sola para mostrar mi agradecimiento y pedir por un buen regreso a casa. Para una declarada atea como yo éste es sin duda un ritual contradictorio. Supongo que es una de esas contradicciones con las que he aprendido a vivir.

En realidad, siento este ritual como un gesto de esperanza y no de fé religiosa. Encender una vela frente a la imagen de una mujer que sostiene un niño en sus brazos, en un inmenso edificio que tiene más de mil años y que ha sobrevivido a guerras, hambrunas, pestes, genocidios... es para mí un tributo a la capacidad humana de perseverar, de luchar contra toda esperanza por una vida mejor. Aquí, en la tierra.

Además está el fuego. Encender una luz tiene connotaciones que en mí resuenan más del lado de la razón, de la capacidad de comprender y de actuar sobre el mundo que nos rodea. La luz es también –otra vez- esperanza. Pero es sobre todo un signo del ingenio humano, de nuestra capacidad de conquistar los fenómenos naturales y robarle el misterio a lo desconocido para apropiárnoslo y ponerlo a funcionar para nuestro provecho. En el fuego se puede resumir la historia toda del género humano. Aquí, en la tierra.

Al salir de la catedral, en medio de una multitud de turistas, pensé que la próxima vez que venga –porque siempre se vuelve a París- voy a ser más una visitante que una turista. Esta ciudad que tiene una historia de al menos dos mil años no me va a recibir con indiferencia la próxima vez. Voy a recorrer esas calles con otros ojos y voy a saber exactamente qué quiero volver a ver y qué he dejado pendiente. Aún así, sentí una tristeza inmensa. Una nostalgia anticipada. No me gustan las despedidas.

...


A pesar de todas mis críticas, voy a extrañar París. Sobre todo en días como éste en el que te escribo desde la cocina de la casa, mirando por las ventanas el viento y la lluvia desatados en una tormenta que lleva ya un par de horas y no tiene intención de amainar.

Un abrazo,
r

domingo, 27 de julio de 2008

La Biblioteca Nacional

Amiga,

Ayer nos dimos una larga caminata por el sureste de la ciudad. Queríamos ir a la Biblioteca Nacional, porque habíamos leído que era un sitio espectacular, por su arquitectura y por ser una de las obras monumentales del París de Miterrand. Y además es una Biblioteca, que es algo que todo académico que se respete debe conocer. Así que nos dispusimos a hacer el trayecto caminando desde la Villa Pasteur. Pero como era sábado nos tomamos la mañana con calma y salimos casi a mediodía, con ánimo de almorzar en la mezquita y pasar por la Plaza de Italia, donde hay un centro comercial que queríamos mirar antes de seguir hasta la Biblioteca.

El almuerzo en la mezquita fue de las mejores cosas que hemos hecho en París. Como te conté en una nota anterior, la mezquita tiene un restaurant en una de sus esquinas, la que da al Museo de Historia Natural. Desde la entrada uno siente el olor de los platos y comienza a abrírsele el apetito. Justo al cruzar la puerta hay un patio con sillas para sentarse a tomar té de menta con dulcitos árabes.



Pasando este patio se llega al comedor, donde se agrupan unas doce mesas bien apretadas. No había mucha gente así que nos sentaron casi al llegar. La sala está decorada en el más estricto estilo árabe, con sus cerámicas coloridas, sus lámparas rebuscadas, sus arcos y columnas típicas... y las mesas son unas grandes bandejas de metal puestas sobre unas patas de hierro, así que de entrada tienes la sensación de que vas a comer en un escenario sacado de las mil y una noches (es imposible en estos casos evitar el imaginario orientalista). Tomé una foto de la sala, pero no quedó muy nítida, porque pretendí tomarla sin flash para no incordiar a los presentes. A uno le da cierta vergüenza comportarse como un vulgar turista en estos sitios. Igual te la pongo aquí para que te hagas una idea, bajo la promesa de que la próxima vez que vayamos me esmeraré en tomar una foto más decente.



Lo que todo el mundo come aquí es couscous en sus distintas variedades y té de menta, además de los deliciosos dulcitos que te traen a la mesa al final de la comida en una enorme bandeja. Así que nosotros también pedimos nuestro respectivo couscous, el mío vegetariano, el de Lyo con Kafta. De más está decir que comimos riquísimo, acompañados por los pajaritos que entran y salen del comedor al jardín y que esperan que uno se descuide para volar raudos sobre las mesas a comerse los restos. No se puede decir que hay sólo locales en el lugar. Más de uno andaba con su guía de París viendo a ver qué plan armaba para la tarde. Pero la verdad es que es un ambiente mucho más relajado que los típicos lugares turísticos y algunos de los comensales parecían estar habituados al lugar. Nos costó un enorme esfuerzo tomar impulso para salir de ahí a cumplir con la jornada que nos habíamos propuesto.

De la mezquita a la Plaza Italia hay unas ocho cuadras largas. Es el borde entre el quinto y el décimo tercer arrondissement, así que la ciudad va cambiando lentamente a medida que se camina hacia el sur. Se van dejando atrás los pequeños edificios del Quartier Latin y va poco a poco apareciendo una ciudad más moderna, con edificios más altos y apartamentos más modestos. Las tienditas se vuelven menos pintorescas y más pragmáticas, son las que usa la gente que día a día transita por la zona, no los turistas en busca de recuerditos. En esta zona está la fábrica de Gobelinos más antigua de la ciudad (o la única que queda, no sé). Así que hay varias tiendas dedicadas a vender todo tipo de tejidos, alfombras y telas de tapicería.

Al llegar a la Plaza Italia la ciudad parece convertirse en otra. En el extremo sur de la plaza hay un enorme centro comercial construido en acero y vidrio. Lyo decía que se sentía en el Tolón en Las Mercedes. Yo le comentaba que aquí es donde están los verdaderos parisinos que él tanto ha estado buscando, los “auténticos”. No creo que haya un parisino “auténtico”, pero sin duda el promedio debe pasar más tiempo en lugares como éste que en la Ile de la Cité.

Dimos una vuelta por el centro comercial. Nos tomamos un café para poder afrontar el resto de la tarde y no aguantamos mucho más el calor y el gentío. Los centros comerciales aquí no están climatizados como en Caracas y en verano te puedes morir del calor. No parece ocurrírsele a nadie que una buena ventilación, a falta de un aire acondicionado central, mejorarían mucho el ambiente. Para colmo, ésta es época de rebajas y todo el mundo parece estar intentando comprar el último objeto en oferta de la temporada. Salimos acalorados y aturdidos en busca del Bouleverd Vincent Auriol, que nos llevaría a la Biblioteca Nacional. Es un camino largo y no hay nada interesante que ver, porque se camina todo el tiempo al lado de una línea del metro que está en reparación y es horrorosa. Finalmente, cuando estábamos al borde de desfallecer de calor, llegamos a la biblioteca.



La verdad es que el lugar me decepcionó. Me pareció inhóspito, vacío, seco. Son cuatro edificios ubicados como en las cuatro esquinas de un inmenso rectángulo (se supone que representan cuatro libros abiertos). A primera vista la explanada está vacía, pero si uno se acerca se da cuenta de que hay un jardín en el centro, unos cuatro pisos más abajo, donde está la entrada a las salas de lectura. No me puedo imaginar cuál fue la idea detrás del diseño de este espacio tan poco acogedor. Estuvimos un rato echando broma sobre la “moraleja” de la historia detrás del diseño. Sólo se nos ocurrió que los arquitectos quisieron mostrar que para llegar a la sabiduría hay que atravesar un largo desierto, enfrentando los elementos, el frío y el calor, la sed y el hambre, en la más absoluta y devastadora soledad. Si el que busca el saber persiste lo suficiente y no se queda en el camino, le será dado acercarse al oasis hundido en el medio del desierto y allí, como el agua que calma la sed, le será otorgado el saber por el que tanto luchó sin desmayo... o algo parecido.

Por ese inmenso terraplén de tablas no se puede pasear en bicicleta, ni patinar, ni patinetear, como bien lo advierten una serie de antipáticos letreros. Lo único que se puede hacer es soportar el sol que cae a plomo sobre tu cabeza y uno se imagina que en invierno es peor, porque debe hacer un frío que hiela. Al borde de la explanada hay una serie de escalinatas en las que –por suerte- uno puede sentarse a mirar el Sena. Es el único lado amable de todo el lugar. Así que en vez de quedarnos observando la planicie inhóspita, o bajar a las salas de lectura, preferimos el llamado del agua y cerramos el día comiéndonos un helado y tomándonos una sidra a las orillas del amable río.

De regreso a la casa descubrimos una piscina pública que ¡flota! al borde del Sena... ¡solamente aquí puede suceder una cosa como esa! Te debo una foto del lugar, porque al final del día nos quedamos sin pilas en la cámara.

viernes, 25 de julio de 2008

El Louvre en un santiamén



Amiga,

El miércoles estuvimos en el Louvre. Los miércoles y viernes el museo está abierto hasta las diez de la noche y desde las seis de la tarde la entrada cuesta seis euros en lugar de los nueve habituales. Así que quedamos en encontrarnos a las siete bajo la gran pirámide para tratar de ver al menos las obras más famosas que hay en el museo. Habíamos hecho una lista, basados en una página web que ofrecía instrucciones precisas para encontrar las diez obras más famosas del museo, como la Mona Lisa, la Victoria de Samotracia, la Venus de Milo... Armados con nuestra lista y el mapa del museo nos dispusimos a hacer un recorrido rápido y efectivo. No somos animales de museo, preferimos las calles y el cine. Pero estar en París y no ir al Louvre nos empezaba a parecer una especie de sacrilegio.

Llegué algo temprano y para ganar tiempo intenté adelantar al menos la compra de las entradas. Aunque eran casi las siete de la noche había, como siempre, largas colas en las taquillas normales y tratando de buscar una solución más rápida, intenté probar con las taquillas electrónicas. Mientras hacía la cola me dio tiempo de mirar un poco la actividad de la gente que llega y sale del museo. La entrada del Louvre está debajo de la famosa pirámide que se ha convertido ya en el símbolo del museo. En verano, a las siete hay una luz que sería equivalente a la de las cuatro de la tarde para nosotros. Unas cuatro de la tarde que duraran tres horas, más o menos. Bajo esa luz brillante que se cuela por los cristales de la pirámide, no parece que estuviéramos en uno de los museos más importantes de occidente, sino en un moderno centro comercial lleno de tiendas y de lugares de entretenimiento.

Después de una lenta cola de unos veinte minutos, porque nadie sabe muy bien cómo comprar las tales entradas y la gente se tarda una eternidad en cada compra, llega mi turno. El procedimiento de compra electrónica es tan simple como el de sacar dinero en un cajero, pero el problema es otro: las tarjetas de crédito extranjeras no funcionan. O al menos ese día no funcionaban, porque cuando llegó Lyo hicimos la misma cola en otra máquina, pensando que había algún problema con mi tarjeta, pero no hubo manera, ninguna tarjeta funcionaba. Nos tocó hacer la cola de las taquillas tradicionales. No fue tan grave a fin de cuentas y en quince minutos estábamos ya entrando por el lado sur del museo, la zona llamada Denon, donde se concentran algunas de las obras más importantes. Nos llamó la atención que las entradas no te las marcan, ni te las quitan. Sólo las miran y te dejan pasar con tu entrada intacta.

Como todo turista que se respete, nuestro primer objetivo era La Gioconda de Da Vinci, pero como la Venus de Milo está en la planta baja decidimos verla primero. Antes de llegar a la sala en la que está la famosa Afrodita hay que pasar por una serie de salas atiborradas de esculturas etruscas y romanas y es inevitable detenerse a mirar, a admirar, todo lo que nos resulta familiar por haberlo estudiado en los libros de educación artística. Uno no puede sino pensar que los manuales por los que estudiamos en bachillerato fueron construidos a partir de los catálogos del Louvre. Al llegar a la sala de la Venus de Milo nos encontramos con el típico tumulto de gente que se arremolina alrededor de una obra famosa. Es casi un milagro que haya logrado tomar esta foto en la que la sala parece vacía:



En el Louvre se permite tomarle fotos absolutamente a todo y hay una sensación de falta de restricciones que es sorprendente para quienes estamos acostumbrados a vivir en sociedades en las que todo está prohibido y las visitas a los museos están estrictamente vigiladas por funcionarios que parecen más policías que agentes de la cultura. Aquí los funcionarios son discretos, apenas visibles, la vigilancia no es evidente y nadie te dice cómo debes comportarte. Las pinturas y esculturas están en su mayoría despejadas y accesibles al público, de modo que puedes tocarlas si quieres. A lo largo de todo el museo hay anuncios en distintos idiomas que dicen: “se ruega no tocar las obras”, pero en realidad nadie está ahí para impedir que la gente lo haga. De hecho, muchas esculturas tienen áreas desgastadas por el roce de cientos de miles de personas que han sentido la urgencia de pasarles la mano en un momento dado.

Entre la planta baja y el primer piso está la escalera en la que se despliega la Victoria de Samotracia. Es la obra que más me gusta del museo y la primera vez que estuve aquí, hace más de diez años, me impresionó tanto encontrármela de pronto que me quedé sentada en la escalera un buen rato, admirándola. No sé si es el tamaño, o la sensación de movimiento, o una especie de energía positiva que parece emanar de la posición de las alas, lo cierto es que es una visión que se le queda a uno en la memoria para siempre.

No es difícil encontrar la sala en la que está la Gioconda. Hay señales por todo el camino desde la entrada hasta la sala correspondiente. Así que si sólo quisieras ver la obra maestra de Da Vinci podrías, en principio, entrar y salir sin distraerte. Pero la verdad es que es imposible. El gran salón donde tienes que entrar para dirigirte a la sala de la Mona Lisa es tan espectacular que no puedes evitar pararte a verlo. Es un pasillo enorme, con un techo que deja pasar la luz del sol, donde se exponen pinturas italianas desde el siglo XIII hasta el XVIII.



Es una tarea agotadora ver con detenimiento todo, cada cuadro te impresiona por una razón o por otra y llega un momento en que simplemente no puedes registrar nada más. Ahí es donde te das cuenta de que no importa cuántas visitas hagas al Louvre, nunca vas a poder captar completamente lo que hay allí ...y menos entenderlo. Tal vez por eso, y porque no tienes toda la vida para contemplarlo, los impacientes sólo van directo a las salas más importantes. Y es inevitable caer en el lugar común cuando se trata de la Gioconda. Las hordas de turistas frente a la pintura son ya una leyenda. Es una de las pocas pinturas protegidas por estrictas medidas de seguridad, por varios vigilantes y por cordones y barandas que impiden que la gente se acerque.



Sin embargo, logramos llegar hasta el borde más cercano que se le permite al público y mirar por un rato la cara sin cejas de la imagen que tantas especulaciones ha desatado. Tengo que confesar, desde mi supina ignorancia, que no me parece nada del otro mundo la tal Mona Lisa. Creo que hay pinturas mucho más interesantes y sorprendentes en este mismo museo y todo el ruido alrededor de una sola pintura me parece excesivo. Sin ir muy lejos, en la misma sala está Las Bodas de Caná, la gigantesca pintura de Veronese, que es un verdadero espectáculo. De ahí es este fragmento con gato...



La lista seguía, porque sólo habíamos visto cuatro de las diez obras que habíamos venido a visitar. Logramos ver La balsa de la Medusa y La Libertad guiando al pueblo. Están casi una al lado de la otra. Después de mucho buscar nos resignamos a no encontrar La coronación de Napoleón, Los votos de Horacio o La odalisca de Ingres. Eran casi las nueve y yo desfallecía del hambre, pero decidimos hacer un esfuerzo más para tratar de encontrar Los esclavos de Miguel Ángel. Y la verdad es que valió la pena buscarlos, porque se trata de esculturas no terminadas, que muestran el modo como del mármol crudo va saliendo cada músculo, cada brazo o pie, cada parte de esos cuerpos adoloridos.

No creo que sea posible decir con seguridad cuáles son las diez obras que se supone que hay que ver en el Louvre. Ninguna lista le hace justicia a la inmensa cantidad de objetos de arte realmente fascinantes que hay en el museo. Pero por algo había que empezar y la verdad es que nos sirvió de aperitivo, porque nos quedamos con ganas de ver más. La lección más clara cuando uno visita este tipo de espacios es que el valor del arte está más allá de lo que las obras representan o de lo que se supone que debes saber sobre ellas. El valor está en aceptar que un objeto te conmueva. Ese estremecimiento, esa pasión diferida, esa suspensión del ahora que hace que te dejes atrapar aunque sea por un par de segundos por las obsesiones o deseos de otro... eso es lo que vale la pena experimentar. Todo lo demás es discurso.

jueves, 24 de julio de 2008

Jardines de Luxemburgo

Amiga,

Te debo una nota sobre los jardines de Luxemburgo. Lo más parecido a una rutina que he podido establecer aquí es caminar las tres cuadras que me separan de la entrada Sur de los Jardines y sumergirme en otro mundo, en pleno centro de la ciudad. Lo primero que hay que saber sobre los Jardines es que se dividen en tres zonas no muy bien delimitadas pero claramente establecidas: la zona de los turistas, las diversas regiones de los visitantes asiduos y el lugar de refugio y exhibición de los locales. Faltaría tal vez un cuarto espacio, que es el de los que trotan en el borde o en el interior de los jardines, pero esa zona es más etérea y difícil de definir, porque está en permanente movimiento.

Cuando entras por primera vez sólo eres un turista. El espacio se te abre al llegar y sólo buscas alcanzar rápidamente el centro, con sus galerías altas enmarcando la fuente central y al fondo el Palacio de Luxemburgo. Cuando llegas ahí, con los zapatos empolvados por la arena fina que cubre todos los espacios abiertos de esta ciudad, no entiendes muy bien el funcionamiento del asunto y la verdad es que, como sólo eres un turista, no te interesa sino tomar fotos. Y esa es la foto perfecta.



Si vas con un guía, como vienen en grandes bandadas los turistas japoneses o españoles, te contarán que los jardines fueron construidos para adornar la casa que se hizo construir María de Médicis cuando, harta de la pompa y las intrigas del palacio real, decidió cambiar de vecindario y comprarse un pedazo de campo en lo que eran las afueras de la ciudad. Pero el Palacio ha pasado por demasiadas manos y son muchas las historias que van desde el siglo XVII hasta hoy para que la saturada mente del turista pueda retener todos los detalles, salvo que hoy en día ahí se reúne el Senado de la República. Lo que el turista sí retiene es el ruido del agua, el color de las flores, la frescura de los árboles y, tal vez, sobre todo, la generosa disponibilidad de bancos y sillas que se esparcen en todas las zonas del jardín. Si eres un turista y vas de paso, tal vez sólo retengas que te tomaste un agua o un café bajo los árboles o al sol, que viste unos niños jugando en la fuente con barquitos de vela, que había una luz espléndida y que mucha, pero mucha gente estaba instalada en ese enorme parque, sin importar la hora del día, haciendo nada o casi nada.



Si vas una segunda vez, e incluso una tercera, te sientes menos turista y empiezas a ver lo que no habías visto antes. Entre otras cosas, notas que hay una fauna local que utiliza los jardines como lugar de refugio y exhibición. Te asombras con el rincón donde crían a las abejas, con los ponis en los que se montan con alegría los niños, y notas a los viejos entretenidos en largas partidas bolas criollas (o como se llame ese juego aquí) o a las jovencitas delgadísimas jugando tenis y los solitarios practicantes de tai chi. Y, como si no lo hubieras visto antes, te sorprende la cantidad de gente que se instala a comer, a leer, a dormir la siesta o a mirar para allá... y, finalmente, te das cuenta de las sillas. Las sillas del jardín son tan famosas que incluso hay un dibujo de ellas en el aeropuerto Charles de Gaulle con un mensaje de bienvenida. Son un símbolo del dejar-hacer-dejar-pasar que se supone es el emblema de la vida parisina.



Si tienes tiempo para observarlas con detenimiento, te darás cuenta de que las sillas del jardín son de tres tipos: las hay rectas y simples, las hay rectas pero con posabrazos y hay unas que tienen como un ángulo de caída. Las diferencias son cruciales. Las sillas rectas sin posabrazos son las que usa todo recien llegado. En ellas se sientan muy circunspectos los turistas japoneses que ya vinieron antes y quieren vivir con más calma la experiencia del jardín o el ejecutivo que decide detenerse a almorzar sin mucho protocolo o el pobre ser que no pudo encontrar una silla más cómoda. Las sillas con posabrazos son el asiento preferido de quienes comen o sólo miran para allá con mucha atención, para retener todo lo que pasa alrededor. Son las que usan quienes no tienen intención de instalarse mucho rato. Pero la joya de las sillas son las inclinadas. En lo que descubres las sillas inclinadas entiendes que son éstas las que eligen los asiduos para leer o dormir la siesta, siempre acompañadas por las sillas rectas y simples que los asiduos no usan para sentarse sino para poner en ellas los cansados pies. En el momento en que logras distinguir y elegir la silla que más se acomoda a tu ánimo y a tu conveniencia, es posible que ya hayas dejado de ser un turista y estés entrando, como yo, en la categoría de los visitantes asiduos.

Cuando ya te sientes un visitante asiduo procuras evadir tres cosas, los niños, los turistas y el exceso de sol. Eso implica alejarte de la plaza central, con su fuente y sus niños gritones, con sus bandadas de turistas que entran y salen como las mareas, y adentrarte bajo los árboles. Hay dos maneras de realizar esta estrategia evasiva. Si te quedas bajo los árboles que están hacia el lado Este del parque, vas a tener mucha sombra pero también el ruido interminable de la gente que pasa, literalmente arrastrando los pies en la arenisca, lo que se une al ruido de los platos y cubiertos del café cercano, de la música que siempre está presente en el gazebo, de los aplausos cada vez que una pieza termina... en resumen, sólo debes quedarte de ese lado si quieres escuchar el incesante ajetreo del parque. Pero si lo que quieres es un poco de paz y algo de silencio, si necesitas al menos concentrarte lo suficiente para leer un párrafo a la vez, entonces debes caminar hacia el Oeste, dejar atrás las franjas verdes en las que se amontonan los adolescentes inmunes a los mosquitos y a la piquiña de la grama, y buscar un par de sillas libres cerca de un árbol de generosa sombra, a una distancia prudencial de las canchas de tenis y justo antes de que comiences a escuchar el ruido de las bolas criollas o de los niños que pelean en el parque.



Si tienes la suerte de encontrar un par de sillas libres en ese lugar ideal estás al borde de convertirte en un local, pero puedes mantenerte a una distancia lo suficientemente segura como para que a ningún turista se le ocurra abordarte para pedirte una dirección ni a ningún borrachito se le antoje exigirte que le regales un cigarro. Ahí, a la sombra cambiante de un inmenso maple, con la brisa aliviando los calores del verano, puedes sacar tu libro y leer por horas, mirar pasar a todo el que se te cruza y dejar que el tiempo se disuelva sin prisa. Si estás sentada ahí lo suficiente, un par de pajaritos va a venir a acompañarte, a ver si tienes algo qué darles para comer. Te mirarán con curiosidad y con insistencia y si no les das nada se irán en volandas en busca de mejores prospectos. Si tienes suerte, como me pasó ayer, una confianzuda paloma se va a sentar al lado de tu silla a hacerte compañía, ronroneando como un gato consentido. Entonces vas a sentir que el jardín te da la bienvenida y te acepta generosamente como parte de su fauna.