lunes, 20 de octubre de 2014

Mitologías


Amiga,
Los lunes, mientras trato de limpiar la casa, escucho podcasts en mi viejo iPod. A veces oigo música, o alterno las canciones de Janis Ian y Tiny Ruins con programas que me cuentan sobre la formación de Alemania o los libros que están por salir o que ganaron premios hace poco.
Al principio era mi manera de alejar la miserable sensación de ser una ama de casa sobrecalificada (una licenciatura, dos maestrías, un doctorado, casi veinte años de experiencia en docencia e investigación... para terminar limpiando pocetas!).
Pero ahora que he aceptado mi destino he construido una historia diferente. Mientras trato de expandir mis horizontes, aprendiendo sobre historia universal o nuevas formas de explicarnos el mundo, aprovecho para limpiar un poco la casa.
Hoy he estado escuchando un programa que Peter Conrad presenta en BBC 4 sobre las mitologías del siglo en que vivimos, siguiendo los pasos de aquel emblemático libro de Barthes, Mitologías. Y he redescubierto esta noción elemental: lo que es relevante no es la realidad cruda sino el modo como se cuenta. Barthes los llamaba mitos. Los intelectuales mediáticos de hoy las llaman narrativas.
Necesitamos historias para darle sentido a la vida. No sólo a nuestras pequeñas, intrascendentes vidas individuales, sino también a la Vida con mayúscula que vemos suceder en todas partes. Y por eso inventamos mitos del origen o fábulas apocalípticas. Necesitamos imaginar inicios y finales. Es algo que nos define como especie: somos bichos que cuentan.
Este es mi mito de hoy, amiga. Mi relato: soy una escritora que mientras batalla con sus demonios y avanza línea a línea en un territorio desconocido, sin saber a dónde llegará, si es que llega a algún lado, limpia la bañera, saca el polvo de los libros que se apilan en los estantes, pasa aspiradora, coletea, lava la ropa y la tiende a secar en una cuerda dentro de la casa, porque es otoño y afuera llueve.
Soy como la vaca de Morábito. ¿Conoces ese poema precioso? Sólo por si no, aquí te lo dejo:
Como delante de un prado una vaca
que inclina mansamente la cabeza
y sólo la levanta para contemplar su suerte,
o una ballena estacionada justo
en la corriente de una migración de plancton,
a veces me sorprendo estático
y hundido, estacionado
en medio del gran prado del lenguaje.
Pero no tengo dos estómagos
y hasta la vaca busca, cata, escoge,
separa cierta hierba que le gusta,
no es un edén el prado, es su trabajo,
y la ballena, cuando come el plancton,
separa las partículas más gruesas,
se gana el pan diario, su inmenso pan,
buscándolo en el fondo de los mares,
después emerge, expulsa el diablo de su cuerpo
y vuelve a sumergirse sin saber
si come el plancton o lo respira.
No es fácil ser cetáceo ni rumiante
y yo no tengo doble estómago, y con uno
hay que escoger, no todo sirve,
sólo la poesía no desecha,
ve el mundo antes de comer.
Mundo en ayunas ¿a qué sabes?
Poder hacer una única ingestión que dure de por vida,
que con un solo almuerzo nos alcance
y tener toda la vida para digerirlo...
Tener un grado de asimilación inmenso,
saber que todo se digiere
y lo perdido da un rodeo y regresa.
Por eso escribo: para recobrar del fondo todo lo adherido,
porque es el único rodeo en el que creo,
porque escribir abre un segundo estómago
en la especie.
El verso con su ácido remueve las partículas
dejadas por el plancton de los días
y a mí también, como el cetáceo,
me sale un chorro a veces,
una palabra vertical que rompe el tedio de los mares.
Hasta aquí la vaca y la ballena de Fabio Morábito. Y hasta aquí yo también, por hoy, amiga. Me voy en busca de mi propio prado. Aunque sólo me pare a contemplarlo, rumiando mis historias. A ver si en unos minutos o unas horas, con la casa ya limpia, sucede que respiro y sale un chorro.
Te dejo un abrazo mítico,
r

sábado, 4 de octubre de 2014

Diez años



Amiga,

Hoy prendí mi vela frente al retrato de mi hermana, como lo hago todos los 4 de octubre desde hace diez años. Me senté a recordar lo que pasó ese día y no me sorprendió demasiado darme cuenta de que todavía me pongo a llorar cuando me acuerdo del grito de Patricia cuando le di la noticia, del llanto de mi mamá en el teléfono y de la cara de mi papá diciéndome que le habían matado a su muchacha en la calle, en pleno día, como se mata a un perro.

No es verdad que nos deja de doler la muerte violenta de un ser querido. Nos duele siempre. Pero tenemos que vivir como si ese dolor no existiera, hasta que llegan estos días en los que nos sentimos con derecho a recordar y a llorar por nuestros muertos otra vez.

Hoy debería tratar de conmemorar la vida de mi hermana con un recuerdo alegre. Pero no se me da la alegría en este día, amiga. Me quedo mirando por la ventana y no se me ocurre otra cosa que recordar el día en que me dieron la noticia y yo tuve que dársela a mi sobrina, a mis padres y a mis hermanas.

Uno vuelve una y otra vez a los mismos recuerdos, como si el trauma sólo pudiera superarse si uno es capaz de reconstruir minuto a minuto lo que pasó. Pero yo no estaba ahí cuando mataron a mi hermana y sólo puedo recordar lo que me dijeron y arrepentirme por no haber preguntado más detalles, por no saber más.

El resto es el tiempo que ha pasado. Parece mentira, dice uno, cuando ha pasado tanto tiempo y todo vuelve a la memoria como si hubiera sucedido ayer. Pero no es cierto. He olvidado tantas cosas. A veces creo que recuerdo el tono de voz de mi hermana. Pero no estoy segura. Me acuerdo más de su cara y de sus gestos, del modo como se reía y del modo como se ponía seria para contar algo que le preocupaba.

La verdad es que mi hermana se me desdibuja en la memoria y eso me hace sentir doblemente culpable. Porque yo estoy viva y ella no. Porque desde hace diez años he sentido que ella hubiera aprovechado mucho más su vida de lo que yo he aprovechado la mía.

En este día en el que me puedo sentar a llorar otra vez por mi hermana, te mando un abrazo adolorido, apagado, entregado y muy, muy triste,
r

viernes, 3 de octubre de 2014

¿Quién necesita identidad?



Amiga,
Acabo de regresar de Londres, donde estuve hablando sobre Doña Bárbara en una clase de postgrado del King´s College y sobre Historia menuda de un país que ya no existe, de Mirtha Rivero en un seminario de investigación. Dos eventos separados en los que sentí que estaba tratando de explicar un país al que ya no pertenezco, en un idioma extraño, sin tener en realidad una idea clara de cómo hacerlo.
Algunos asistentes me hicieron preguntas que traté de responder lo mejor posible, dudando mucho y con muy pocas certezas, no sólo porque estaba hablando en inglés, sino también porque a estas alturas hace rato que dejé de creer en la posibilidad misma de explicar lo que sucede en Venezuela. La tierruca se me ha vuelto un lugar tan extraño y lejano que cada vez me siento menos capaz de representarlo. Es por eso que declaré ayer mismo que éste sería el último evento académico al que asistiría en mi vida. Al menos de este lado del mundo.
¿Cómo explicar, en un evento académico, que los venezolanos parecemos estar viviendo hoy en al menos dos universos paralelos? ¿Cómo describir de manera convincente la obsesión que tenemos con nombrar la realidad desde trincheras opuestas? ¿Cómo hacer entender que frente a una misma realidad hay siempre dos discursos que no sólo no son compatibles sino que ni siquiera tienen puntos en común? ¿Cómo hacer todo esto sin elegir un lado, sin reconocer que mi propia visión también está marcada por una frontera, enraizada en una trinchera?
Uno de los colegas presentes me reclamó, o más bien me previno, sobre ese deseo de llegar a un consenso. Un consenso que sí existe aquí desde hace años y que, según él, le ha hecho mucho daño a la sociedad británica. Mi respuesta no fue satisfactoria y fue una de las preguntas que hubiera querido tener la oportunidad de volver a responder. Hubiera querido decirle que lo que queremos, los que aún creemos en la democracia, no es un consenso absoluto, sino al menos un espacio para el diálogo de todas las fracciones que hoy se atrincheran cada una en su hueco, negándose a reconocer la existencia de los demás.
Otro colega me preguntó por qué necesitamos definir una identidad si hoy en día las identidades son sólo otra forma de la opresión y a lo que debemos aspirar es a la destrucción, al desmontaje de todo discurso identitario. Estuve de acuerdo en que lo ideal sería que no tuviéramos necesidad –nunca– de definir un nosotros. Ni en Venezuela ni en ninguna parte.
Pero dije también que la necesidad de definirnos es parte de la naturaleza humana y que aunque nosotros mismos no queramos definirnos, como individuos, cada vez que se nos interpela con las preguntas ¿quién eres tú? o ¿de dónde vienes? no nos queda otra opción que responderlas, como sabe muy bien cualquier exiliado. Porque las preguntas identitarias tienen una fuerza, una violencia, difícil de resistir. Y esto se multiplica cuando se trata de países enteros y cuando se producen diásporas como la nuestra.
Tampoco creo que mi respuesta haya sido satisfactoria en este caso. Y por eso lo seguimos conversando con Katie Brown frente a un pub en el laberinto de calles que rodea LSE, el vecindario del nuevo edificio Virginia Woolf del King´s College, donde está el departamento de español y portugués.
El tema de la identidad es largo y complicado. Fue uno de los temas discutidos en Cambridge y que parece dejar a todo el mundo insastisfecho. Con razón. Pero creo que si elegimos dejar el tema de lado y decidimos –dando un manotazo al aire– que es un tema fascista y que no tiene interés alguno en estos días, lo que estamos haciendo es abandonando un campo de batalla que hoy en día es más significativo que nunca.
Cuando un gobierno con aspiraciones de hegemonía absoluta se adjudica el derecho de definir quiénes entran en la categoría de “venezolanos” o de “patriotas” y quiénes están excluidos de ese territorio, no es recomendable –al menos en términos políticos– abandonar la discusión. Porque la identidad no es una realidad que cuelga en las matas como si fuera un mango. La identidad es un espacio de significación, una red discursiva, y su riqueza y su existencia misma dependen de que haya muchos discursos constituyéndola. Si esos discursos se reducen a un solo lado, a una sola visión, entonces la identidad se nos quedará incompleta y habrá muchos que se quedarán afuera. Todos los fanatismos están hechos con esas visiones parciales.
La identidad es todos los discursos que nombran el nosotros, todos juntos y revueltos. Y esa pluralidad debe seguir alimentándose, sin abandonar nunca el campo de batalla o el terreno de juego. En este caso también, como en tantos otros, el que calla otorga. Estas y otras razones estuvieron presentes en la discusión posterior al seminario y luego me siguieron dando vueltas, en inglés y en español, durante lo que quedó de ese día. Creo que en sueños seguí también armando argumentos para explicar y comprender el modo como funcionan los discursos identitarios en Venezuela.
Al regresar hoy al mundo electrónico en el que me pongo al día con lo que sucede en la tierruca, me encontré con la inmensa polémica alrededor del asesinato del parlamentario oficialista Robert Serra. No sé quién puede alegrarse con la muerte de otro ser humano. No se me ocurre siquiera que sea posible que, en Venezuela, donde tantas familias han sido devastadas por la tragedia de perder a un ser querido en un hecho violento, exista quien pueda festejar que se esté sumando otra víctima a la ya larga lista. Dos víctimas, porque junto a Serra mataron a su asistente, María Herrera.
Este caso sirve para mostrar, una vez más, que en la tierruca la realidad se construye discursivamente de maneras siempre contradictorias y excluyentes. En este caso, como en tantos otros, tampoco hay un mínimo consenso que permita elaborar un plan de acción basado al menos en un par de premisas comunes. Porque cuando –desde el oficialismo– se ofrece que el caso será investigado y los culpables serán llevados a la justicia, esta promesa se hace al mismo tiempo y a veces casi en la misma frase en la que se acusa a la oposición de algún tipo de complicidad con lo ocurrido. Y cuando –desde la oposición– se lamenta una muerte más, dos muertes más, se hace en medio de una diatriba política en la que se acusa al gobierno de no hacer su trabajo más elemental, que es el de cuidar las vidas de todos los venezolanos.
Ojalá, amiga, que esta vez sí, de verdad, se haga justicia. Pero no tengo esperanzas. Creo que, cuando el polvo y la ventolera se asienten, esta muerte también será olvidada, como tantas otras. Porque no hay voluntad de verdad en el estado venezolano. Sólo hay revanchismo, paranoia y deseo de venganza. Y con esos sentimientos no se alcanza una justicia real.
Te mando un abrazo adolorido,
r

jueves, 25 de septiembre de 2014

De aspavientos y malacrianzas


Amiga,

Estoy casi llegando de Cambridge donde presenté una ponencia sobre el libro Historia menuda de un país que ya no existe, de Mirtha Rivero. La conferencia, organizada por la Venezuela Research Network, fue un momento perfecto para encontrarnos venezolanos de adentro y de afuera, así como gente de otras partes interesada en analizar la cultura y la política venezolanas, en el amplio sentido de los dos términos.

No viene al caso comentarte con detalles el lado académico del evento. Lo que sí quería era contarte del fenómeno curioso de las identidades que se ha estado produciendo en estos últimos años en los que tantos venezolanos se han ido y han terminado enseñando en las universidades algún aspecto de la tierruca. El primer resultado de esta diáspora académica, creo, es la necesidad de fraguar espacios de diálogo con los que quedaron allá. El segundo, la creación de una nueva generación de apasionados por el estudio de lo nuestro.

En el primer caso, el de la búsqueda de lugares de contacto, de espacios de encuentro, creo que se trata de responder a una necesidad humana de juntarse con lo semejante. Pero basta con que se junte un grupo de venezolanos para que las diferencias broten casi de inmediato. Y no hablo de la diferencia política que divide a la gente en dos bandos claramente delimitados. Más bien estoy pensando en las diferencias de tono, de registro discursivo. Los que siguen allá continúan utilizando un tono crispado y prepotente de hablar, de gesticular, de plantarse ante el mundo que ya hemos olvidado los que estamos afuera.

No le atribuyo ninguna virtud a ese apocamiento del tono y de la gestualidad. Los exiliados nos hemos encogido bajo el peso del mundo al que hemos tenido que enfrentarnos. Hemos aprendido que ocupamos un espacio minúsculo y que a nadie le importa quiénes somos ni qué pensamos. Nos hemos acostumbrado a andar por ahí sin que nadie nos note. Decimos lo que pensamos en un tono menor, sin arrebatos, sin énfasis. Tenemos un ego desinflado, moldeable, pequeñito. Hemos dejado de sentir que el mundo empieza y termina en nuestro ombligo.

La malacrianza es algo que hemos olvidado los que estamos afuera. No podríamos sobrevivir en este mundo inhóspito si anduviéramos por ahí exigiendo protagonismo. Hemos tenido que descubrir, muchas veces en otro idioma, los tonos correctos para comunicarnos con el mundo y eso nos ha hecho menos seguros, más modestos. Estamos aprendiendo todo de cero y a veces nos sorprendemos descubriendo el agua tibia. Estamos obligados a preguntar y a escuchar. A seguir instrucciones al pie de la letra. Nos hemos resignado a responder sólo cuando se nos pregunta y siempre con muchas dudas por delante. Gajes del exilio.

Tal vez por eso, en reuniones como éstas miramos los toros desde la barrera y nos asombra y nos escandaliza lo que calificamos como falta de maneras de nuestros colegas. Nos asombra que interrumpan cuando otro habla y que hagan gestos de desaprobación sin disimular en lo más mínimo. Nos escandaliza que, sin más ni más, alguien se pare y se vaya en medio de una discusión, porque no le han dado la palabra o porque se ha acabado el tiempo y la moderadora ha cerrado el debate, pidiéndonos que terminemos de conversar en el pasillo mientras tomamos café.

Pero aún así nos alegra reencontrarnos. Durante las primeras pausas, en la mesa del café, al principio no nos mezclamos mucho. Cada quien parece estar aferrado a su trinchera. Pero luego hay otras pausas y otros momentos para comer y fumar. Entonces nos tanteamos y nos acercamos a cada grupo a ver de qué se habla y todo parece fluir sin tantas trabas y se nos olvidan las lecciones que hemos aprendido y terminamos enfrascados en conversaciones a gritos en las que todos se interrumpen unos a otros y abiertamente se descalifican sin tapujos.

Me alegró recuperar por un par de días ese tono enfático. Esa pasión con la que atacamos y nos defendemos cuando estamos entre nosotros. Porque recordé en la piel, en la garganta, ese modo de ser bullicioso y maleducado, que no tiene que ser ni bueno ni malo sino que parece como de otra parte, de otro tiempo. Un tono y un énfasis que ahora ya no me creo capaz de sostener por mucho más de un par de días. Hablamos de memorias y de nostalgias, pero sobre todo se habló de política, como es inevitable entre nosotros.

Sin embargo me alegró, sobre todo, ver y escuchar a los jóvenes que están abordando el estudio de la cultura venezolana sin las taras de los viejos. Entre los jóvenes la discusión sobre el régimen y su caudillo es sólo un detalle tangencial. Lo que cuenta en verdad es otra cosa. Mientras los viejos no pierden ocasión de embarcarse en largas y enrevesadas discusiones sobre el cómo y el por qué y el hasta cuándo del régimen que nos agobia, los jóvenes discretamente observan y sonríen y se van a un rincón a hablar de otra cosa sin tantos aspavientos. Saben que el futuro les pertenece.

Te mando un abrazo maleducado y gritón,
r


jueves, 11 de septiembre de 2014

El sí de los niños


Amiga,
Te escribo sentada en la cocina, con un tecito enfrente, mirando a mi gato que agarra sol en el patio. Septiembre nos ha traído un último remanente de verano y los pájaros y las moscas revolotean agradecidos. Y tal parece que los independentistas escoceses también están aprovechando el impulso del resto de verano que queda.
Hace unos días se anunció, por primera vez, que una encuesta daba como ganador al sí en el referéndum por la independencia. Eso bastó para que se destapara una especie de euforia de último minuto. Hasta en este pueblito nuestro en el que nunca pasa nada, y donde parecía que nadie estaba pendiente de las campañas de un lado o del otro, en  estos últimos días han aparecido letreros de YES en las ventanas, incluido uno que puedo ver desde aquí mientras te escribo.

Ayer me fui al centro a leer un rato en la biblioteca nacional, como todos los miércoles, y en el camino hice un recorrido más largo de lo habitual para ver cómo se sentía el ánimo de la ciudad. Había mucha gente en la calle, como siempre que hace sol. Al final de Princess Street había un toldo y una mesa de la campaña a favor de la independencia. Me paré a mirar y pedí que me regalaran uno de esos botones de ponerse en la solapa.

El hombre que estaba a cargo me dijo que tenía que firmar la petición a favor de la independencia. Había al menos tres personas haciendo cola y la carpeta en la que recogían firmas se veía abultada. Me pregunté para qué se necesitaba firmar una petición si en menos de una semana iba a haber un referéndum. Pero no dije nada.

Estaba a punto de seguir mi camino cuando uno de los voluntarios que estaba cerca me preguntó si quería un botón. Le dije que sí. Se acercó a la mesa donde se acumulaban los botones al lado de las firmas y eligió uno para mí. Rosado. Me lo dio con una enorme sonrisa, pensando tal vez que había acertado con mi color favorito. Estuve a punto de devolvérselo y pedirle uno rojo o azul o amarillo. Cualquiera que no fuera rosado. Pero no me pareció correcto. Le di las gracias y me guardé el botón en el bolsillo.

Después de todo yo no iba a usarlo. Sólo lo quería como documento. Así como guardé propagandas del sí y del no, cuando se hizo el referéndum en Venezuela contra Chávez. (Un referéndum que ganó el NO, aunque ya parezca que todos se han olvidado.) Así quería guardar una muestra de la campaña de los dos bandos a favor y en contra de la independencia. Pero en todo el centro de la ciudad no conseguí un solo toldo, una sola mesa, ni un íngrimo representante del NO repartiendo volantes. Esa es tal vez la imagen que mejor retrata el clima que se vive esta semana en la capital de este país al borde de la independencia.

Yo ya voté, por correo, al día siguiente que llegaron las papeletas. No había leído la pregunta que tenía que responder. Me imaginaba más o menos el contenido, pero no sabía cómo estaba formulada. La pregunta me sorprendió. Dice: ¿Debe Escocia ser un país independiente? (Should Scotland be an independent country?)

Esa es una pregunta que suena como un golpe bajo. Y lo es. Es como cuando te preguntan si crees en la libertad, en la felicidad, en el amor al prójimo o cualquiera de esas grandes emociones que son al mismo tiempo valores incuestionables. Todo país debe ser independiente. Esa es la ley. Y si vas en contra se esa ley estás sin remedio a favor de los imperios, de los opresores, de los más poderosos. Esa es una pregunta que nadie puede responder de manera negativa, si quiere hacerlo -como se dice- con el corazón en la mano.

Yo había decidido ya con la cabeza fría cuál iba a ser mi voto. Pero eso no impidió que me sintiera como una traidora de todas las causas nobles y justas cuando marqué la casilla del NO.

Si Escocia se separa del Reino Unido a raíz de esta consulta, una de las causas va a estar en la formulación de esa pregunta. Hay todavía diez por ciento de indecisos y entre ellos una inmensa mayoría son niños entre los 16 y los 18 años de edad. Esos adolescentes van a ir juntos, en cambote, a votar por un futuro en el que ellos van a vivir para siempre. Y en ese espíritu de fiesta y regocijo van a decidir desde el fondo de sus entrañas el futuro del reino.

No me cabe la menor duda de que al menos ellos –los que todavía declaran que están indecisos– van a votar por el sí. Porque si yo, que soy extranjera, que no siento ningún vínculo emocional por este lugar, cuando leí esa pregunta me sentí interpelada –en el más puro sentido althuseriano–, si yo me sentí impelida y obligada a responder que sí en nombre de todas las buenas causas habidas y por haber, ¿qué otra cosa puede sentir un adolescente nacido y criado en esta tierra?

El modo como se formula una pregunta tiende a derminar la respuesta. Por eso las encuestas son tan fáciles de manipular. Y eso lo saben muy bien los nacionalistas que están impulsando el proceso de independencia.

Otra cosa que saben muy bien es cómo remover viejos resentimientos y cómo alimentar falsas esperanzas. Y aquí es donde el parecido con lo que nos ha pasado en la tierruca hace que se me paren los pelos de punta.

Ayer, un reportero de la BBC que estaba entrevistando a una pareja en un vecindario de clase media de Edimburgo –ella iba por el sí, él por el no– se volteó hacia un grupo de adolescentes que se había acercado al ver el revuelo de cámaras y micrófonos. Ante la pregunta de por cuál opción votarían todos respondieron en coro “YES!”. Uno de ellos se encargó de responder por qué, de esa manera concisa con que los adolescentes del mundo entero reducen todo a una consigna fulminante: “more money, man.”

Estos jóvenes han sido convencidos por la misma oferta de todos los populismos que creen que la mejor vía para llegar al corazón de la gente es ofrecerles dos simples recompensas: venganza y dinero. ¿Te suena conocido?

Es terriblemente triste.

Te dejo aquí un abrazo espantado,
r



martes, 26 de agosto de 2014

Admirar los cuentos



Amiga,

Ya no nos quedan sino migajas del verano. Todos los festivales están ya cerrando y del bulto de entradas que compré sólo esperan dos, huérfanas, en el estante de la biblioteca. De las muchas cosas que vi y escuché me quedo con los poemas visuales de Margaret Tait y la brillante intervención de Lydia Davis, empujada y azorada por las preguntas de Ali Smith, en la feria del libro.

El trabajo de la Tait se puede ver en la página de la Biblioteca Nacional de Escocia (aquí) y no necesita nada más que del asombro de quien mira. Sus videos son una muestra de que la poesía tiene muchas formas y que una de ellas es puramente visual. Es posible que la fascinación que se siente hoy por esas imágenes tenga que ver con una forma de nostalgia: vemos el modo como se vivía antes, como la gente se vestía, hablaba y caminaba en Edimburgo en los años cuarenta y cincuenta. Pero también, creo, se trata de una forma de usar la luz, las texturas, los pequeños relatos que la vida regala.

Y creo que, saltando en el tiempo, eso es precisamente lo que hace Lydia Davis con sus cuentos. Estuve a punto de usar las comillas y me resistí. Hasta hace poco las hubiera usado, acostumbrada a los encasillamientos a los que nos entregamos con tanta comodidad los que hemos enseñado alguna vez literatura. Porque los cuentos de Davis no caben en ninguna categoría. Esto se ha dicho mucho ya. Pero ella lo dijo de la mejor manera el domingo cuando habló con Ali Smith: hay una amplia gama de posibilidades para todo tipo de textos, que va desde una frase hasta novelas de miles de páginas. Esa es una línea continua y ningún autor tiene por qué sentirse obligado a definir qué espacio quiere ocupar en esa línea o qué tanto quiere moverse de un extremo a otro.

Y Davis ocupa todos los espacios que van desde lo más breve hasta la novela. Pero nada de lo que te cuente sirve para entender la sensación de maravilla y, por qué no, la alegría de descubrir lo que se puede hacer en pocas líneas, cuando se olvidan las convenciones de lo-que-debe-ser. Así que me voy a atrever a traducir unos pocos cuentos de Lydia Davis para dejártelos aquí de regalo, con todo y sus deliciosos títulos:

El lenguaje de la compañía de teléfonos
“El problema que usted reportó recientemente está ahora funcionando correctamente.”


El pelo del perro
El perro se fue. Nos hace mucha falta. Cuando tocan la puerta, nadie ladra. Cuando llegamos tarde a la casa, nadie nos espera. Todavía encontramos motas de su pelo blanco aquí y allá en la casa y en la ropa. Las recogemos. Deberíamos botarlas. Pero es todo lo que nos queda de él. No las botamos. Abrigamos una loca esperanza: si acumulamos suficientes tal vez podamos volver a tener al perro con nosotros otra vez.


Historia circular
Los miércoles temprano en la mañana hay siempre mucho ruido afuera en la calle. Me despierta y siempre me pregunto qué será. Es siempre el camión que recoge la basura. El camión viene todos los miércoles temprano en la mañana. Siempre me despierta. Siempre me pregunto qué será.


Bloomington
Ahora que he estado aquí un tiempo, puedo decir con certeza que no he estado antes aquí.


La lección de la cocinera (una historia de Flaubert)
Hoy he aprendido una gran lección; nuestra cocinera me la enseñó. Ella tiene veinticinco años y es francesa. Descubrí, cuando le pregunté, que no sabía que Louis-Philippe ya no era rey de Francia y que ahora tenemos una república. Aunque hace ya cinco años que dejó el trono. Ella dice que el hecho de que no tengamos un rey simplemente no le interesa en lo más mínimo. Esas fueron sus palabras.
¡Y yo me creo un hombre inteligente! Comparado con ella, soy un imbécil.


Hasta aquí algunos de los cuentos más breves de la última colección de historias de Lydia Davis que se llama Can’t and Won’t. Creo que vale la pena explicar el último cuento. Davis tradujo Madame Bovary hace poco. Dicen que es la mejor traducción que existe en inglés de la novela del maestro francés. Mientras traducía, estuvo leyendo toda la correspondencia que Flaubert escribió durante los casi tres años en que estuvo embarcado en la escritura de su novela más famosa. En esas cartas Lydia encontró pequeñas anécdotas que fue rescatando para convertirlas en varios cuentos –sin comillas.

Dicen que la admiración es uno de los mejores incentivos de la creación. Espero que así sea, porque no será por falta de inspiración que yo no me dedique a trabajar ahora que el verano se ha ido.

Te mando un abrazo admirado,
r


PD: Recaída: Me dejé llevar por la admiración y le dejé a Ali Smith una copia de mi tesis de maestría en la que traduje dos de sus maravillosos cuentos. También hice mi cola y le pedí que me firmara uno de sus libros. Su dedicatoria: “Para Raquel, con unas enormes gracias por el acto de traducción –el acto más creativo de todos. Ali Edinburgh 2014 August”


miércoles, 13 de agosto de 2014

De libros y otras memorias



Amiga,

Ya no sé a dónde se me va el tiempo. O más bien sí. Se me han ido casi tres meses metida de cabeza en la traducción de un libro. Lo disfruté mucho, pero en el proceso me di cuenta de que hay una definición muy clara de lo que es entrar en la "edad madura": es esa época de la vida en la que no puedes hacer varias cosas a la vez. Será por eso que se dice que envejecer es volver a ser niños.

El caso es que estoy regresando de ese largo viaje por un libro que era de otra persona y que ahora es también un poco mío. Y me cuesta concentrarme otra vez en mis propios pensamientos, en mis propias palabras, en los sonidos que no me resultan ajenos. Es un regreso a tientas. Y para ayudarme a volver estoy entregada a escuchar y ver a otros autores hablar sobre sus obras en la feria del libro de Edimburgo.

Creo que lo he dicho en este blog nuestro antes, el culto a los autores y a sus obras me parece una de esas prácticas destinadas a desaparecer. Y, sin embargo, cada vez que entro a la plaza en la que se celebra la feria del libro me pregunto si de lo que se trata es de una nueva forma de celebridad, muy lejana a la que perseguía –por ejemplo– a Dickens. En esta encarnación del culto a los sacerdotes de la letra el libro es lo de menos. La mercancía que se vende es más bien una forma de contacto, de conexión: la experiencia de estar en presencia de los hacedores de otros mundos. Mundos que se compran y se venden.

Cuando entras al café donde se reúnen los que son y los que están, todo el mundo te mira para ver si eres o no una celebridad. Como se trata de una cultura que presume de alternativa, sus cultores no se diferencian de la "gente común." Jackie Kay, la más celebrada poeta escocesa, se parece a cualquier señora a punto de retirarse que se asoma a los estantes de la librería a ver qué novedades hay. Así que es necesario mirar dos veces a todo el que te pasa por al lado, porque en cualquier instante puedes entrar en contacto directo con la celebridad. Y ante ese contacto la clave es siempre la misma: permanecer impasible.

Sólo en un lugar se permite una muestra mínima de emoción, un rubor, una risita nerviosa: cuando después de una larga y lenta fila te toca extenderle a tu autor favorito el libro que quieres que te firme. Ahí se te permite descomponerte un poco. Después no. Cuando sales de la fila y te desprendes con reticencia del contacto con la celebridad, te toca recomponer las facciones y salir de allí como si no hubieras sido bendecido por la gracia de respirar el mismo aire que tus dioses.

Ayer, mientras esperaba que un joven miope preparara con meticulosa lentitud mi café con leche descafeinado, estuve observando a los que se acercaban a Jackie Kay para pedirle que estampara su firma de alguno de sus libros. Ella conversaba con todos con un entusiasmo envidiable. Los que venían a rogar la venia de su nombre la miraban con una mezcla de admiración ilimitada y contención impuesta. Lo que me pareció más interesante fue que, una vez superado el trámite de la firma, los reverentes lectores volvían al mundo real sin poder expresar su entusiasmo.

Casi todos andaban solos, así que no tenían de inmediato a quién contarle su hazaña. Los que iban acompañados se limitaban a mirarse y compartir una sonrisa tímida. La sonrisa del que acaba de hacer una travesura y no puede hacer alarde de ella. Mientras los miraba llegar frente a su ídolo, extender el libro, intercambiar palabras, esperar en pose recatada y salir, me acordé de mis propias incursiones en las filas de los reverentes.

Hace un par de años le declaré mi amor incondicional a Junot Díaz y mi admiración agradecida a Andrés Neuman, siguiendo la misma danza de los que hoy se rendían frente a Jackie Kay. Con una diferencia, yo hablé con mis autores en español, un poco a los gritos –aunque me apene admitirlo–, y hasta me atreví a abrazar a Junot Díaz y a darle un beso a Neuman. Nada de contenciones.

Ahora soy más vieja y más sabia. Ya no hago colas para que me firmen libros. Me limito a entrar con discreción en las salas en las que los escritores hablan de sus obras y a sentarme en un rincón oscuro a escuchar y mirar. Mis pretensiones no van más allá de las del visitante incrédulo que observa sin ninguna emoción particular el modo como los vitrales reflejan la luz en una solemne catedral gótica.

Y recuerdo. Porque esa es ya la única otra cosa que puedo hacer al mismo tiempo que otra. Recordar. Me acuerdo del tiempo en el que esa danza también tenía sentido para mí. Pero es un recuerdo despojado de nostalgia.

Cuando regreso a casa abro el libro que estoy leyendo en mi lector electrónico y sonrío. Porque he mirado en un mismo día el pasado y el futuro.

Te mando un abrazo antiguo como un libro,
r