martes, 30 de junio de 2009

Baraboo


Amiga,

Te debo al menos un comentario sobre el Festival Internacional de Cine que acaba de terminar este domingo en Edimburgo. Sólo pudimos ver cinco películas, de las no sé cuántas que se mostraron en un poco más de una semana. Puedes ver aquí todos los datos del festival y de paso curiosear quiénes se ganaron qué premios.

De las cinco que vimos hay dos que se mantienen en mi memoria. Rudo y Cursi, de Carlos Cuarón y Baraboo, dirigida por Mary Sweeney. Puedes encontrar en la web cantidad de información sobre Rudo & Cursi, porque la película reúne de nuevo a Gael García Bernal y Diego Luna, los mismos protagonistas de Y tu mamá también. La historia está realmente muy bien contada, pero el gran acierto es el narrador: un argentino insoportable que encarna todos y cada uno de los estereotipos que tenemos en el resto de América Latina sobre –y en contra de- los argentinos.

Pero suena tan bien y es tan divertido que al final resulta una inteligente auto-ironía sobre nuestros prejuicios y sobre el modo como estamos destinados a repetir el péndulo eterno entre los sueños imposibles y las más estrepitosas caídas en desgracia. Si llega Rudo & Cursi por aquellos lados, no dejes de verla!

(Tengo que contarte aquí, entre paréntesis, que tuve el dudoso privilegio de ver a Gael García Bernal entrar por los dos metros de alfombra roja que precariamente lograron colocar –poner, como tú dirías- en la entrada de una de las salas en la que se realizó el festival. Bueno, ver, lo que se dice completamente ver, no lo vi. Sólo logré atisbar un pedazo despelucado de su cabeza. Así que, sin mucha vergüenza debo reportar que estuve a menos de un metro de distancia de una celebridad y me contenté con no verlo, con salir más bien corriendo para otro lado, mientras escuchaba a las fans gritar ¡Gael! ¡Gael! ¡Gael!)

Bueno, a lo que iba: la película que más me gustó sin duda alguna fue Baraboo, dirigida por Mary Sweeney, la misma que escribió junto con David Lynch esa otra película extraordinaria llamada The Straight Story ⎯¿qué título le pusieron en español? ¿tú te acuerdas?.

Me resulta siempre incómodo que cuando una mujer hace un trabajo extraordinario al lado de algún hombre reconocido, la manera de hablar del trabajo de ella se adose siempre al trabajo de él. Así que no voy a insistir en que Sweeney trabajó con Lynch durante décadas. Me parece mucho más interesante lo que ha logrado por sí misma y lo que hay de valioso en su trabajo, más allá de las estridencias de los grandes nombres.

Baraboo es, ante todo, una película visualmente hermosa (puedes ver los trailers aquí). Para el ritmo de percepción contemporáneo podría resultar algo ‘lenta’. Pero ese es un calificativo que nunca me ha gustado cuando se trata de películas, libros, música o cualquier otra manera de decir algo que requiera un ritmo pausado, ensimismado, casi detenido. El ritmo que esta película te impone es el de la contemplación, es verdad, pero no una contemplación estática. No es una película de Bergman, para ponerte un ejemplo tal vez extremo.

Es una película en la que una serie de personajes sin ningún propósito ulterior en la vida, pero que están a la espera del amor, del futuro o de la muerte, interactúan en un pequeño motel de un pequeño pueblo de Wisconsin. Todo parece empezar del mismo modo como termina. Y, sin embargo, todo pasa en esas dos horas en que vemos cómo estos personajes se pelean y se reconcilian, se enamoran y se separan, recuerdan y hacen planes.

Pero tal vez lo más interesante para mí sea que estas historias se sostienen a partir de las relaciones de dos mujeres y los vínculos de estas dos mujeres con los demás personajes. Una de ellas, Jane (Brenda DeVita), administra el motel donde sucede todo. Es una madre soltera, todavía joven, que escribe interminables diarios noche tras noche y que no sabe cómo reconectarse con un hijo adolescente que parece cada vez más violento y distante. La otra, Bernice (Ruth Schudson), es una mujer ya al borde de la vejez que vende todas sus pertenencias y decide mudarse al motel y terminar ahí sus días. Pero no sin encargarse antes de arreglarle la vida a todo el mundo y convertir el motel en su casa y a sus habitantes en su familia.

Enmarcando estas historias simples están la música y el sonido del viento. Pero también están las reiteradas imágenes de árboles, carreteras solitarias, cables que van de un poste a otro, sombras que se proyectan en alguna pared. Una fiesta visual y auditiva que te deja en un estado de ánimo si no alegre, al menos eufórico. De esas euforias que están tan cerca de la risa como del llanto. En fin, es el tipo de historia que me gusta ver, leer y contar. Inspirada en esa estética tomé la foto que aparece encabezando esta nota.

Ojalá llegue esta película a Mérida algún día y ojalá puedas verla.

Te mando un abrazo,
r

domingo, 21 de junio de 2009

Solsticio de Verano!


Amiga,

Hoy es el día más largo del año. Dicen que desde el principio de los tiempos el género humano eligió este día para agradecer al sol que nos siguiera alumbrando. Con esta imagen del sol sobre los árboles del parque en el que camino, me uno a la celebración para desearte:

¡Feliz Solsticio de Verano!

Un abrazo enorme,
r

sábado, 20 de junio de 2009

Gala!



Amiga,

La semana pasada hubo gala en el pueblo. Es un evento que hacen todos los años cerca del solsticio de verano. Supongo que es lo que queda de alguna fiesta pagana de quién sabe cuántos siglos atrás.

El pueblo se llenó de banderolas y música. Las bandas desfilaron por nuestra calle principal y los parroquianos lanzaron hurras al paso del desfile. Nosotros salimos también a la calle a unirnos a la fiesta. A pesar del palo de agua que estaba cayendo, como puedes ver en la foto que tomó Lyo.

Esta semana estamos de festival de cine. Pero te hago un resumen dentro de unos días, cuando hayamos visto algunas de las películas…

Cariños,
r

miércoles, 17 de junio de 2009

La herencia

Amiga,

Hace unos días escuché en un podcast a un joven de origen puertorriqueño llamado Justin Torres leyendo tres de sus textos. Me impresionaron por su fuerza y por su economía de recursos y quise inmediatamente volver a mirarlos con calma. Los encontré publicados en Granta y sentí ganas de traducirlos al español, para compartirlos contigo y con mi amiga Gina, que trabaja con estos temas de la herencia.

Aquí va el segundo de los tres. Los textos forman una secuencia que creo que se entiende mejor leída en conjunto. Te prometo para dentro de poco la traducción del primero y el tercero...


Herencia/ Justin Torres

Cuando llegamos de la escuela Papá estaba en la cocina, cocinando y escuchando música y sintiéndose bien. Abanicó el vapor que salía de la olla, aplaudió y se frotó las manos con fuerza. Sus ojos estaban húmedos y brillaban con un impulso vital. Subió el volumen del estereo y se oyó el mambo, era Tito Puente.

“Atención”, dijo, y comenzó a girar con gracia en un solo pie empantuflado, con la bata de baño flotando a su alrededor. Tenía en la mano una espátula de metal, brillante y grasienta, que golpeaba en el aire al ritmo de los bongós.

Mis hermanos y yo, los tres, nos quedamos en la entrada de la cocina, riéndonos, con ganas de entrar en el baile, pero esperando nuestro turno. Papá se acercó sobre el piso de linoleo con sus pasos en estaccato hasta donde estábamos nosotros y arrastró a Joel y a Manny al baile, agarrando sus brazos debiluchos y haciéndolos saltar detrás de él. A mí me sujetó por las manos y me hizo deslizar entre sus piernas y salir al otro lado. Después brincamos alrededor de la cocina, siguiéndolo en un trencito, como pequeños gansos. Levantábamos los puños delante de nosotros y movíamos las caderas al ritmo de las trompetas.

Había cosas calientes en las hornillas, chuletas de cochino friéndose en su propia grasa y arroz español borboteando espuma debajo de la tapa. El aire estaba denso y lleno de vapor, olor a especies y ruido, y la pequeña ventana sobre el fregadero estaba nublada.

Papá subió todavía más el volumen del estereo. Tan alto que si yo hubiera gritado nadie me habría oído, tal alto que me parecía que mis hermanos estaban lejísimo y era imposible llegar a ellos, aun cuando estaban ahí, justo delante de mí. Papá agarró una lata de cerveza de la nevera y seguimos con los ojos el camino de la lata hacia sus labios. Entonces nos dimos cuenta de la cantidad de latas vacías que se apilaban en la mesa detrás de él y nos miramos unos a otros. Manny torció los ojos y siguió bailando, así que nosotros hicimos una fila y seguimos bailando también, sólo que ahora íbamos detrás de Manny.

“Ahora muévanse como si fueran ricos”, nos gritó Papá, con una voz muy fuerte que se escuchaba por encima de la música. Y nosotros bailamos en la punta de los pies con las narices levantadas y tocando el aire por encima de nuestras cabezas con los dedos meñiques.

“Ustedes no son ricos”, dijo Papá, “Ahora muévanse como si fueran pobres”.

Encogimos las rodillas, cerramos los puños y estiramos los brazos hacia afuera; meneamos los hombros y echamos las cabezas hacia atrás, salvajes y sueltos y libres.

“Tampoco son pobres. Ahora muévanse como si fueran blancos”

Nos movimos como robots, tiesos y angulosos, sin siquiera sonreirnos. Joel era el más convincente. Yo lo había visto practicar en el cuarto algunas veces.

“Ustedes no son blancos”, gritó Papá. “Ahora muévanse como puertorriqueños”.

Hubo una pausa mientras nos preparábamos. Después bailamos el mambo lo mejor que pudimos, tratando de hacerlo de manera suave y seria y de sentir el compás en los pies y el ritmo más allá del compás. Papá nos miró por un rato, recostado en la mesa y tomando largos tragos de cerveza.

“Estúpidos”, dijo. “Ustedes no son ni blancos ni puertorriqueños. Miren cómo baila un hombre de raza pura, miren cómo se baila en el guetto”. Cada palabra se escuchaba a gritos sobre la música, así que era difícil saber si estaba molesto o si sólo se estaba burlando.

Papá bailaba y nosotros tratábamos de ver qué lo hacía diferente de nosotros. Fruncía los labios y mantenía una mano en el estómago. Su codo estaba alzado, su espalda recta, pero había soltura y libertad y confianza en cada movimiento. Traté de mirar sus pies pero algo en el modo en que se movían y se retorcían uno delante del otro, algo en la línea del torso, me obligaba a mirar su cara, su nariz ancha y los ojos oscuros entreabiertos y los labios fruncidos que al mismo tiempo gruñían y sonreían.

“Esta es su herencia”, dijo, como si a través del baile pudiéramos conocer su propia infancia, los sabores y la esencia de los vecindarios del Harlem hispano y del sur de Brooklyn, los salones de baile y los parques de la ciudad y su mismo Papá, cómo lo golpeaba, cómo le enseñó a bailar; como si pudiéramos escuchar el idioma español en sus movimientos, como si Puerto Rico fuera un hombre en bata de baño, agarrando otra cerveza de la nevera y levantándola para beber, con la cabeza hacia atrás, todavía bailando, todavía haciendo pasos y vueltas sin perder nunca el compás.



Sigo luchando con este último párrafo que no me termina de sonar tan bien como el original. Pero creo que ahí está la idea.

Un abrazo,
r

lunes, 15 de junio de 2009

De obsesiones y repeticiones



Amiga,

Todos somos animales monotemáticos y hacer variaciones de lo mismo forma parte de la naturaleza humana. Esto lo comprobé -una vez más- viendo el estudio del escultor Eduardo Paolozzi, en la Deans Gallery.

Hace un par de fines de semana estuvo haciendo un sol espléndido y aprovechamos para visitar esta galería que está dedicada al arte vanguardista. Ahí se pueden ver pinturas y esculturas de los más reconocidos artistas dadaístas y surrealistas de principios de siglo, desde Dalí hasta Picasso, pasando por Miró y Magritte. Pero la imagen que me ha quedado rondando en la mente todos estos días no es tanto la de los pájaros muertos de Dalí o las ingeniosas nubes de Magritte, sino la de un cuarto atiborrado de objetos repetidos.

En el 2001 Paolozzi donó a las galerías de Escocia parte importante de los objetos que se encontraban en sus dos estudios de Londres. Algunos de ellos se muestran en una especie de montaje que simula un espacio real en la sala de la Deans Gallery dedicada a su obra. Es un cuarto con cama, biblioteca, escritorios y mesas de trabajo, cubierto de estanterías del piso al techo y lleno de las mismas cosas repetidas hasta el infinito: cajas de rompecabezas y juguetes para armar, teclas de pianos o de máquinas de escribir, piezas sueltas de viejas computadoras, revistas y periódicos amarillos, bolsas llenas de pedazos de muñecos desmembrados, pies, manos, piernas… y miles y miles de cabezas. Si uno quiere ver cómo funciona la mente de un artista obsesionado con su obra sólo tiene que pararse frente a ese espectáculo de la repetición y maravillarse.

En medio de esa acumulación de objetos uno no puede menos que pensar que la obsesión es la materia prima de la que están hechas las obras humanas, sean de arte o no. Y tengo la sospecha de que sin una pizca al menos de esa tendencia a la obsesión no es posible contruir nada perdurable. Creo que hay que dejarse llevar por esa especie de repetición de lo mismo hasta dar con el punto en el que se pasa como al otro lado y se produce un objeto que tiene valor, aunque sea momentáneo, no sólo para uno mismo sino también para otros.

Es una lástima que no dejen tomar fotos de ese cuarto extraordinario (puedes verlo aquí). Me hubiera gustado ilustrarte con esa imagen esta nota. En cambio, te subí la foto de una de las esculturas más conocidas y representativas de Paolozzi, su "Newton after Blake". La inmensa escultura está en el patio que da acceso a la British Library y es algo así como la representación de un hombre del futuro que piensa desde el pasado. Un ser mitad humano y mitad robot, construido de pedazos de cuerpos y máquinas, que dibuja sobre un papel con un compás la circunferencia de los mundos que sueña.

Es, a fin de cuentas, la representación de todas las obsesiones juntas de un hombre que pasó la vida rodeado de los mismos objetos repetidos, persiguiendo una idea. Y ahí puede cualquier ser humano ver condensados también todos sus presentimientos o sus pesadillas.

Por supuesto que no todas las obsesiones llevan al arte. Están los asesinatos y las violaciones. Y supongo que tanto las cárceles como los manicomios están llenos de gente obsesionada con una idea fija. Pero prefiero quedarme con este lado de la historia...

Un abrazo,
r

viernes, 12 de junio de 2009

Metro oligárquico!

Amiga,

Hoy me encontré con una noticia en El Nacional que no sé ni cómo empezar a comentar. Es una muestra de las limitaciones infinitas de los gobernantes venezolanos actuales. ¿Cómo es posible que los administradores del país desconozcan de manera tan flagrante el funcionamiento, la lógica, el principio básico de cosas tan elementales como el transporte público?

Cuando en el resto del mundo están preocupados por disminuir las emisiones de combustibles fósiles para, entre otras cosas, rescatar al planeta de un desastre ecológico, los administradores venezolanos consideran un deber fomentar el uso intensivo de vehículos privados. ¿En qué mundo alrevés están viviendo?



Por "beneficiar a la oligarquía" replantean construcción de línea 5 del Metro
El Nacional, Caracas, 12 de Junio, 2009 - Carlos Faigl

El presidente de la empresa que opera el subterráneo justifica que se eliminen dos estaciones en Las Mercedes porque "la gente va a los restaurantes de la zona en sus carros"

De las seis estaciones que fueron proyectadas para la Línea 5 del Metro de Caracas, dos no serán construidas, informó ayer el presidente de la empresa, Claudio Farías.

En un replanteamiento que hicieron de la obra, las autoridades decidieron que el subterráneo no tendrá una parada en Bello Campo, lugar en el cual se han ejecutado labores de excavación La razón es que consideran que no tendrá un número significativo de usuarios.

"A quién va a beneficiar esa estación, si en la zona lo único que queda es el Liceo Gustavo Herrera. Para eso están bien cerca Altamira y Chacao". La fosa que se construyó al final de la avenida Libertador servirá para sacar los desechos de la construcción de los túneles, dijo.

Farías no aclaró cuál será la otra estación que quedará fuera del proyecto, pero, de acuerdo con sus declaraciones, se presume que será una de las dos previstas en la avenida principal de Las Mercedes.

"Es una línea que beneficia a la oligarquía; cómo es posible que vaya a haber dos estaciones en Las Mercedes. Los que van a los restaurantes de la zona lo hacen en sus carros", fue el argumento del presidente del Metro.

Señaló que la decisión permitirá ahorrar dinero y acelerar la construcción, la cual está previsto que concluya en septiembre de 2012. El plan inicial era que el subterráneo extendiera su alcance al sureste, hasta ahora desprovisto del servicio, con las estaciones Bello Monte, Las Mercedes, Tamanaco, Chuao, Campo Alegre y Miranda II.


Realmente no tengo palabras.

Cariños,
r

martes, 9 de junio de 2009

Otro de Rossi

Amiga,

Otro texto de Alejandro Rossi para seguir celebrando su sabiduría que no cesa:

Protestas / (De Manual del Distraído)


Me molesta encontrar en un texto la palabra mas en lugar de pero. Siento que es ampulosa y hueca. Cuando la veo colarse en una frase, así, sin el acento, espero ya lo peor: una seriedad vacua, una concepción de la literatura untuosa y sonora. La asocio a esas pausas melodramáticas que, al cabo de unos segundos, explotan en un "¡Mas no es así!". O a perplejidades falsas: "Mas ¿cómo decirlo?", "¡Mas nunca sabremos!". Misterios teatrales y, sin embargo, tétricos. Un conferenciante en una sala semivacía proponiéndonos su visión solitaria del inevitable holocausto. Me trae bobera, pero también regaños, admoniciones, estampas del Antiguo Testamento, castigos durísimos y destinos férreos. Aquí interviene, sin duda alguna, el Padre Pellegrini, un jesuita con caheza de dominico elocuente, pequeño, flaco, casi calvo y que nos ofrecía, dos o tres veces por semana, unos sermones furiosos, compuestos de periodos complejos e interminables; sermones en los que desplegaba los brazos como dos alas inmensas, creaba silencios hipnóticos, miraba lugares indefinidos y sudaba copiosamente. Al terminar bajaba del púlpito sin hacer el menor ruido y se escurría por alguna puerta lateral. El Padre Pellegrini usaba la palabra mas. Sus prédicas la exigían. He olvidado los temas, pero no los ademanes, el acento trágico, la atmósfera de catástrofe que pretendían suscitar. Nos gustaban porque nos distraían; comprendíamos poco y admirábamos vagamente sus habilidades. Nunca nos asustó y siempre creímos que polemizaba con personajes raros que sólo él conocía. No se reunía con los alumnos, no daba clases, llevaba una vida retirada y sospecho que lo utilizaban como una especie de espantapájaros sagrado. Me quedó de él una doble imagen: encendido en el púlpito y manso en los corredores del colegio. Su única herencia quizá sea esta intolerancia mía, la convicción de que mas excluye el humor, la acidez, provoca la prosa rimada, impide las sorpresas, nos hace levantar la voz, nos empuja irremediablemente hacia la gravedad, los tópicos, el espejo. Pero, por el contrario, crea dicotomías, es seco, se lleva bien con el balde de agua helada, es un freno al llanto fácil, permite, en un instante, cambiar el tono, voltear la medalla, quitar la pacotilla y el azúcar. No me interesan los feligreses, las bocas abiertas, los oradores pálidos, perlosos, amenazantes. Prefiero usar pero.

También protesto contra las explicaciones excesivas. Me refiero al hábito de comenzar desde muy atrás y luego avanzar lentísimamente hacia el único hecho que en realidad nos interesaba. Pienso en esas personas que ante la pregunta más modesta -o más impaciente- quisieran abrumarnos con una crónica complicada y enorme. Si nos intriga el nombre de una calle, corremos el riesgo de escuchar la historia de la ciudad. Mostrar curiosidad por la suerte de un amigo, nos obliga a enterarnos de su biografía completa. Antes de saber la fecha en que murió ese autor, conoceremos sus incidentes matrimoniales, sus bromas, sus horarios de trabajo, las envidias que lo carcomieron, su famoso pleito con Fulano de Tal, la influencia positiva de la madre, la relación con los editores, los mínimos triunfos y su amor por los espacios cerrados. Concedemos que el origen de ciertas situaciones políticas es lejano, pero objetamos que siempre intervengan los visigodos. Creer en el orden del Universo y en el Principio de Causalidad no justifica esos abusos. La verdadera golosina, sin embargo, es la pregunta por algún rasgo íntimo. La pequeña cicatriz en la frente desencadenará recuerdos de institutrices crueles, ansiedades nocturnas, excursiones veraniegas, canciones, aquella implacable tormenta, la soledad de los bosques, el empujón fatal, la caída, reflexiones sobre las trampas de la memoria, el peligro de la infección, la fecha en que se inventó la penicilina, la impotencia de los médicos antiguos, la extraña impresión que produce ver la propia sangre, el orgullo de llevar la cabeza vendada, la guerra, sus causas, aquel libro magistral, la fragilidad humana, el cuerpo como un objeto, la esclavitud, la musicalidad de los negros, Benito Cereno, la elegancia de los bergantines, el mar en la poesía española, la muerte por asfixia, el dolor y las traducciones de Séneca. He notado, además, que esos personajes intentan estimularnos colocándose el reloj en la mano derecha o anudándose la corbata de alguna manera extraña. Extraen una lupa del bolsillo para deletrear algún título y siempre abren el automóvil por la otra puerta. Si aún permanecemos callados, nos informan que desde hace cinco lustros duermen en un catre, se alimentan sólo de mariscos, salen a la calle cuando llueve, nunca han visto una película y prefieren, fanáticamente, la castidad. Es difícil resistir esa acumulación, porque bastará la sombra de una sonrisa o un movimiento de cejas para que comience el relato. Nos provocan y nos espían. La moraleja es clara: no asombrarse si llevan un ojo de vidrio, una pierna de caoba o una corbata de cartón y menos aún si se declaran monárquicos, rosacruces o nos confiesan que detestan la luz eléctrica.

Otra especie fatigosa es la de aquellos que, en cualquier contexto, enfatizan la presentación lógica de sus cavilaciones. Juzgan que la última oración es incompleta si no incluye la fórmula "Por consiguiente". Nos advierten, así, 'que han llegado a una "conclusión": han estado charlando con nosotros, es cierto, pero a la vez nos han "demostrado" algo. "Por" tanto" y "Por eso" son variantes aceptadas que también aspiran a sacudir nuestra modorra y a indicarnos que no se trata de un parloteo, sino de una "deducción". Quizá amen la lógica, pero sospecho que también les apasiona un auditorio atento y callado. No vuela una mosca, él habla, ya vamos por el cuarto teorema. Poco importa que el tema verse sobre las sucesivas sensaciones que experimentó esa mañana mientras se bañaba con agua fría: las dividirá en premisas y nos probará que la última -satisfacción, orgullo- era necesaria y legítima. En efecto, la precedió un "por tanto". Hace apenas unas semanas sintió náuseas y "por consiguiente" fue al cine: esa acción, nos sugiere su lenguaje, era inevitable. La vida entera es un conjunto de actos precisos e ineludibles. Enigmas de la gramática. Lo fascina el análisis, y ésa es la razón por la cual sus peroratas siempre se inician con las palabras sacramentales "En primer lugar". Cambió el tono; la conversación -o la página- ya no es ondulante y desordenada, hay dominio, hay imperio sobre el material. Lo cual se comprueba de inmediato al escuchar -unos instantes después- "En segundo lugar". A esas alturas hasta los más distraídos se habrán dado cuenta de que "En tercer lugar" vendrá muy pronto. Hablar es disecar, mostrarnos los resultados obtenidos en su laboratorio particular. Todo se somete a esos rigores: en primer lugar leyó el periódico, en segundo lugar se lavó los dientes y en tercer lugar abrió la puerta. Individuos obsesivos, didácticos, aplastantes.

Hay personas para quienes los apellidos no existen. El mundo está poblado únicamente de Pablo, Juan, Alberto, Thomas, Igor, Leopoldo, Vicente, Hugo, Ramón, Jorge y André. El escritor siempre es Julio y el pintor Antonio. Todos son amigos, figuras familiares que hemos visto en pantuflas, despeinados, de cerca. Los hemos acompañado a comprar calcetines, lápices, cuadernos. Estuvimos con él cuando se rompió la pierna, cuando decidió aprender inglés, cuando dejó de comer carne. La diferencia es tajante: para mí es un cuadro, para él -o ella- es una convivencia cotidiana y casera. Una visión de alcoba que pretende imponer una distancia irrecuperable entre nosotros y el personaje. Nos excluyen, comprendemos a medias, el otro es la fuente de las anécdotas, de los incidentes mínimos y reveladores. Me lleno de envidia, porque durante unos minutos le doy la razón: la obra apenas muestra lo que sucedía allá dentro. Se me escapa si nunca lo contemplé haciendo gárgaras. El abuso del nombre propio se presta, además, para simular una igualdad inexistente o para insinuar la trivialidad básica de esas vocaciones: Juanito el pintor, Pedrito el poeta. Las verdaderas causas de mi fastidio quizá también sean impuras. Presiento que el nombre propio destruye las jerarquías, y yo, por el contrario, deseo un universo donde siempre haya personalidades mayores, lejanas e intratables. Aquellas que reconozco como maestros y jueces. Nostalgias filiales, deshechos religiosos, imaginería romántica o psicología de discípulo. Todo es posible y, sin embargo, concluyo que frente a los cuchicheos y a las altanerías prefiero mis reverencias.

Hasta aquí Rossi.

Un abrazo,
r